En este segundo encuentro profundizamos en una distinción clave que casi nunca se explica bien: la ciencia es extraordinaria, pero tiene límites claros. No porque sea débil, sino porque fue diseñada para responder al “cómo”, mientras que el ser humano vive preguntándose “por qué”.
Reflexionamos sobre realidades que todos experimentamos —el amor, la justicia, el bien, el sentido— que la ciencia no puede medir, pero que nadie duda que existen. Esto nos lleva a comprender que la fe no compite con la ciencia: la completa.
Cuando la razón llega a su límite, no aparece la ignorancia, sino la posibilidad de revelación. Y esa revelación no es una idea, sino una persona.
Este episodio prepara el terreno para el siguiente paso del camino: Jesús.