Bien felices y atareados por ese microcosmos de la vida feriante que es la Feria del Libro de Madrid, despedimos la primera temporada de epicanto con un último episodio en el que conversamos con Ricard Peris, editor fundador del sello Andana, para charlar sobre edición, infancias y la compleja maquinaria que sostiene al libro infantil.
Esta vez nos ha interesado profundizar en el ecosistema de la literatura infantil y el álbum ilustrado para entender un poco mejor en qué consiste su edición literaria y las exigencias de precisión casi milimétricas que supone. Ricard nos ayuda a entender que un álbum no es un libro que duplica en imágenes lo que ya dice el texto, sino la combinación dialógica de dos lenguajes que se contribuyen para contar cosas distintas. A través de la imagen de la doble página como una escenografía teatral o cinematográfica, exploramos cómo estos libros buscan afilar el sentido de la belleza y la capacidad estética en aquellos primeros años de la infancia.
Desde la intuición de los inicios persiguiendo los derechos de un entonces naciente Oliver Jeffers en Londres, hasta las complejidades industriales de las coediciones internacionales, Ricard nos desarma el mito del proceso editorial romántico para mostrarnos la realidad de los archivos por capas, los malabarismos de traducción para cuadrar alfabetos dibujados en otras lenguas y el reto técnico en producción de cambiar únicamente la plancha de negro en imprenta para que un mismo álbum pueda leerse en castellano, catalán, francés o coreano.
Aparece constantemente en la charla la responsabilidad y la reivindicación de crear nuevos lectores desde la base. Hablamos de la paradoja de un mercado donde el lector final no es el comprador, de la pérdida de una crítica sistemática y de cómo la prescripción —ya sea en la intimidad de una lectura en voz alta en casa, en las aulas o a través del librero de cabecera— se convierte en «un tren que pasa una sola vez en la vida». Ahí es donde, frente al utilitarismo pedagógico que a veces satura el género, emerge la defensa del potencial de las buenas historias.
Entre memorias de editores, la poesía popular de Estellés y la geografía descentralizada de editar desde Valencia con una mirada firmemente internacional, Ricard termina trazando una bella defensa del oficio: el libro como una interfaz para ensayar la vida y habitar otras realidades antes de que nos alcancen.