Perder el control no te hace fuerte, te hace predecible. Cada vez que reaccionas con enojo, cada vez que explotas, cada vez que dejas que alguien saque lo peor de ti… estás perdiendo poder. Porque alguien que no controla sus emociones no se controla a sí mismo, y eso se nota en tus decisiones, en tus relaciones y en los resultados que construyes.