Mi entrenamiento diario tiene tres idiomas.
Repaso mis ejercicios de inglés y francés, que son mis herramientas de trabajo para esa diplomacia internacional de la que hablábamos.
Pero también le dedico un tiempo muy especial al italiano. Con este no tengo prisa; lo estudio por puro placer y por una conexión emocional muy profunda: mi padre, Jose Luis, lo hablaba con una perfección asombrosa, casi como su lengua materna.
Estudiar italiano es mi forma de mantener vivo su legado y de demostrarme que nunca es tarde para aprender algo nuevo por el simple placer de hacerlo.