De niños nos enseñan a soñar, a creer que podemos con todo lo que nos propongamos. Es algo sorprendente. La inocencia de un niño, acompañada de la habilidad de construir castillos encima de una nube, o mundos propios en los que ser aquello que quieran ser. Correr más rápido que nadie con tus zapatillas nuevas o columpiarse hasta agarrar las nubes con las manos son tu mayor ambición. Y todo es maravilloso, aunque no seamos conscientes. Pero nosotros solo deseamos crecer, intentando adivinar lo que queremos ser de mayor.Poco a poco la vida pasa, el tiempo avanza, y la conciencia parece llegar a nuestras mentes y nuestro deseo de adultez temprana comienza a ser más tangible. Ya no corremos si no llegamos tarde, ni mucho menos por diversión.Poco a poco el niño caduca, y el mundo de sueños e ilusión, desaparece sin dejar rastro, para acabar reconociendo entre tanta consciencia, que ser adulto, no mola tanto