La COVID-19 ha demostrado que cuando la naturaleza está sana, nos protege. La perdida de biodiversidad nos hace vulnerables ante los agentes infecciosos, pero además pone en peligro nuestro sistema productivo y nuestro bienestar. Muchos insectos también corren a gran velocidad en esa autopista en la que las acciones humanas conducen al colapso de algunas especies. Las cifras muestran que el 41% de los insectos está en declive, el 30% está amenazado y la extinción local es ocho veces superior a la de los vertebrados. Si muchas de estas diminutas criaturas desaparecieran, las consecuencias serían catastróficas.
Los insectos son el motor del mundo. Sin ellos, la vida en la Tierra sería prácticamente imposible. La flora y la fauna tal y como las conocemos se verían alarmantemente afectadas. Cerca del 75% de las plantas que cultivamos dependen de los polinizadores. Los insectos constituyen el alimento de aves, peces y pequeños vertebrados que a su vez dan de comer a otros vertebrados. Además, cumplen un papel fundamental en el control de las plagas y en el reciclado de materia orgánica. Sin los bichos, nuestro planeta sería un estercolero.
Analizamos con Oscar Soriano, científico del departamento de Biodiversidad y Biología Evolutiva del Museo Nacional de Ciencias Naturales; Germán Orizaola, investigador del Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad de la Universidad de Oviedo y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas; e Ignasi Bartomeus, doctor en Ecología e investigador del Departamento de Ecología Integrativa de la Estación Biológica de Doñana, en qué situación se encuentran los insectos, qué estamos haciendo para ponerlos en peligro, cómo nos afecta su declive, y qué papel está jugando el cambio climático en este alarmante descenso de insectos.