El agua termal es imaginada,
pues, ante todo, como la composición directa
del agua y del fuego.
Naturalmente, en los poetas, el carácter directo de
la combinación será más decisivo aún: súbitas metáforas,
de una asombrosa osadía, de una fulgurante
hermosura, prueban la fuerza de la imagen original.
Por ejemplo, en uno de sus ensayos "filosóficos",
Balzac declara sin la menor explicación, sin preparación
alguna, como si se tratara de una verdad evidente
que puede dejarse caer sin comentarios: "El
agua es un cuerpo quemado." Esta es la última frase
de Gambara.