Me senté unos minutos en un pequeño parque, junto a la zona de juegos. Había unos columpios y un tobogán. Ni un solo niño.
Recordé cuando mis hijas estaban en edad de parque. Pedían una y otra vez, deslizarse por esa inclinada superficie.
No necesitaban saber subir los peldaños, yo las colocaba allí arriba y de alguna manera que no recuerdo, las sujetaba, sin que se notara, en su vertiginosa bajada.