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En este episodio deslocalizado, Víctor graba desde Alemania, donde está visitando a un amigo en Wolfratshausen, un pueblo al sur de Múnich. Un pequeño incidente en el teleférico de una montaña bávara le sirve de excusa perfecta para hablar del índice de distancia al poder, el concepto del psicólogo holandés Geert Hofstede que explica por qué algunas culturas cuestionan la autoridad y otras la obedecen sin rechistar. Y de paso desvela algo que no había contado aún: lleva 15 días negociando con la Warner Bros.
¿Quieres saber cómo van esas negociaciones con la Warner Bros. y qué decisiones de modelo de negocio está tomando Víctor en GuideDoc? En el episodio Premium de esta semana hay mucho más sobre las tripas reales del negocio. → Apúntate al Premium
En el episodio Premium de esta semana Víctor va más a fondo en los temas que en abierto solo puede rozar:
→ Apúntate a No es Asunto Vuestro Premium para escuchar el episodio completo.
Hola, bienvenidos a un nuevo episodio deslocalizado de No es Asunto Vuestro. Estoy en Alemania. He venido a visitar a un buen amigo del que creo que ya he hablado alguna vez en este podcast, que vive aquí en Wolfratshausen, concretamente, un pueblo al sur de Múnich.
Wolfratshausen significa, literalmente, «el consejo de la casa de los lobos». En España los pueblos se llaman, por ejemplo, Utrera. En Alemania, el consejo de la casa de los lobos. Y luego nos preguntamos por qué los tenemos a años luz de distancia en muchas cosas.
Hoy hemos estado visitando un monasterio. Por qué un hombre ateo hasta la médula como yo haría casi 60 kilómetros en coche para visitar una abadía benedictina bávara os lo explico al final. Antes os quiero contar un incidente que sucedió ayer y que me ha hecho pensar un poco.
Ayer fuimos a subir una montaña que también está cerca de un lago. Os podría ir diciendo los nombres de todos los sitios, pero son nombres alemanes y se nos alargaría el episodio más de lo necesario. A la cima se accedía con un teleférico y estuvimos caminando por la montaña toda la mañana.
En el momento de bajar tuvimos un pequeño percance. Los responsables del teleférico iban haciendo grupos de unas 20 personas para entrar en la cabina. Cuando nos tocó el turno, a mi mujer, a mi hija y a mí, nos dimos cuenta de que éramos los últimos de ese grupo y que no dejaban pasar a más gente. Eso significaba que mi amigo y su familia se hubieran quedado fuera y tendrían que bajar en la siguiente cabina, unos 6 o 7 minutos después.
Así que le dijimos al señor que coordinaba el tinglado que fueran tirando, que nosotros cogíamos el siguiente. No por nada, simplemente porque queríamos bajar juntos con ellos.
Y el señor nos dijo que no, que teníamos que subir a ese, muy serio, muy alemán. Básicamente nos estaba ordenando, con aquel tono y levantando la voz, que moviéramos nuestros sucios culos españoles y los metiéramos en aquella cabina perfectamente diseñada por los alemanes. Como que el señor elevó la voz, todos los alemanes que ya estaban dentro de la cabina y los de la cola de fuera se quedaron observando la escena, curiosos.
Y por supuesto, con esa actitud déspota, solo consiguió el efecto contrario en mi mujer y en mí. Nos reímos, porque que un conductor de teleférico te dé órdenes hace bastante gracia. Le dijimos muy amablemente que fuera enchufando el aparato, que nosotros nos quedábamos ahí hasta que subiéramos con nuestros amigos, o básicamente hasta que nos saliera de los cojones. Que, por cierto, en alemán es Böhl.
El hombre no se esperaba para nada que le lleváramos la contraria. Lo descolocó enormemente. No dijo nada más, bajó la cabeza, reculó, se metió en la cabina sin insistir y se fue para abajo. Y a todo el mundo que estaba allí, un 95% alemanes, les pasó igual: ningún alemán habría hecho lo que mi mujer y yo hicimos en esa situación. No es que fuera nada del otro mundo, simplemente le dijimos al señor que no queríamos bajar.
Y la razón es porque los alemanes tienen un índice de distancia al poder elevado.
En los años 60, el psicólogo holandés Geert Hofstede trabajaba para el Departamento de Recursos Humanos de IBM. Viajaba por todo el mundo y analizaba en qué manera diferían entre sí las culturas en el entorno de trabajo. Básicamente, lo que quería averiguar IBM era si poner a trabajar a un chino con un americano les hacía ganar más o menos dinero, o si poner a un italiano con un croata. Y así con todas las combinaciones posibles.
Hoy en día las conclusiones a las que llegó Hofstede aún son utilizadas para entender la psicología intercultural. Y una de las principales es la que llamó el índice de distancia al poder: el valor y el respeto que se le da a la autoridad según la cultura de la que seas. Países como Suecia o Dinamarca tienen un índice muy bajo. Países como Colombia, Brasil o muchos países asiáticos tienen un índice altísimo.
Un ejemplo que siempre se pone para entender este índice es el caso de Korean Air. A finales de los 80 y hasta 1998 tuvieron una cantidad de accidentes catastróficos muy por encima de cualquier otra aerolínea: se hablaba de casi el doble de accidentes que la siguiente línea en el ranking. Después de ser estudiada a fondo, se llegó a la conclusión de que la razón principal era precisamente el índice de distancia al poder.
La tripulación y los copilotos de Korean Air tenían tanto respeto al capitán que cuando detectaban un problema, lo comunicaban de manera muy sutil, por miedo a enfrentarse a la autoridad. Utilizaban lo que se llama el discurso mitigado. Por ejemplo, si un copiloto veía fuego en el ala derecha, en vez de decir «capitán, hay fuego en el ala derecha», decía algo así como: «capitán, ¿no tiene usted mucho calor en la parte derecha de su cara?».
Es una exageración, pero por ahí van los tiros. Analizando las cajas negras de los aviones accidentados de Korean Air, vieron que la causa era que la tripulación no había sabido transmitir con claridad suficiente las situaciones de emergencia a los capitanes.
Alemania tiene un índice bastante elevado. No es de los países más altos del mundo, pero lo es. Si tenéis amigos alemanes o habéis convivido con ellos en una fiesta o organizando cualquier cosa, habréis visto que respetan mucho a la persona que está haciendo de líder en ese momento, aunque sea una tontería, aunque sea poner una mesa.
En cambio, los italianos o nosotros no tenemos ningún problema en cuestionar cualquier decisión y liarla lo máximo posible.
Yo ya he explicado alguna vez en este podcast que he tenido muy pocos jefes en mi vida, básicamente porque enseguida monté mi primera empresa. Pero en el último proyecto donde estuve, había un jefe que no era mi jefe directo pero era el capo del lugar: una de las personas más ineptas que he conocido en toda mi vida. Y era un sitio donde se hacían muchas reuniones, símbolo inequívoco de incompetencia.
Ahí observé cómo les costaba a aquellos trabajadores enfrentarse a ese jefe, aunque el hombre no parara de decir una absurdidad detrás de otra. Porque era muy tonto, muy tonto.
Eso sí, en ese caso tal vez no era tan importante el índice de distancia al poder, sino el miedo de esos trabajadores a perder el trabajo. Porque no están las cosas para decirle a tu jefe que es un inútil, y es mucho más sencillo seguirle la corriente y tener más probabilidades de conservar el puesto.
Pero ahora en GuideDoc me encuentro en una situación que también me ha hecho analizar el tema del índice de distancia al poder, sobre todo en las últimas semanas. Desde hace unos 15 días, y esto aún no os lo había explicado, estoy negociando con gente del Departamento Internacional de Documentales de la Warner Bros.
Y la verdad es que impone. Es gente que tiene mucho poder en la industria y que, durante las negociaciones, quiere imponer sus reglas. Para que os hagáis una idea: piden un mínimo garantizado si quiero incluir alguno de sus documentales en GuideDoc. Sabéis que el sistema de GuideDoc está pensado para que de todo el dinero que se genera, el 50% vaya directo para el propietario de los derechos, acorde con las visualizaciones que ha tenido ese documental, y que con el otro 50% se cubran todos los gastos de la plataforma.
Empresas como Warner Bros., y se entiende perfectamente, intentan siempre que plataformas como la nuestra les hagan un avance del dinero, sin saber si su película acabará teniendo éxito dentro de esa plataforma. Entiendo perfectamente su estrategia y tienen el suficiente poder para pedirlo. Pero yo también tengo mi derecho a mantenerme fiel al modelo que he pensado que es justo para esta plataforma.
Ya os explicaré en los próximos capítulos cómo han acabado estas negociaciones con la Warner. Esta semana, precisamente, tengo una reunión con ellos por Skype.
Y con eso os explico por qué he estado en un monasterio. Seguro que muchos ya lo habéis adivinado. En temas de religión, los alemanes también están más avanzados: ellos en los monasterios, aparte de hacer actividades completamente inútiles como rezar, lo compensan haciendo cerveza. Prost.
En el episodio Premium de esta semana Víctor va más a fondo en las decisiones reales que no caben en abierto: cómo negociar con una multinacional cuando tienes mucho menos poder, qué líneas rojas no cruzar y cómo mantener un modelo de negocio justo cuando el otro lado de la mesa puede aplastarte.
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By Victor Correal5
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En este episodio deslocalizado, Víctor graba desde Alemania, donde está visitando a un amigo en Wolfratshausen, un pueblo al sur de Múnich. Un pequeño incidente en el teleférico de una montaña bávara le sirve de excusa perfecta para hablar del índice de distancia al poder, el concepto del psicólogo holandés Geert Hofstede que explica por qué algunas culturas cuestionan la autoridad y otras la obedecen sin rechistar. Y de paso desvela algo que no había contado aún: lleva 15 días negociando con la Warner Bros.
¿Quieres saber cómo van esas negociaciones con la Warner Bros. y qué decisiones de modelo de negocio está tomando Víctor en GuideDoc? En el episodio Premium de esta semana hay mucho más sobre las tripas reales del negocio. → Apúntate al Premium
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Hola, bienvenidos a un nuevo episodio deslocalizado de No es Asunto Vuestro. Estoy en Alemania. He venido a visitar a un buen amigo del que creo que ya he hablado alguna vez en este podcast, que vive aquí en Wolfratshausen, concretamente, un pueblo al sur de Múnich.
Wolfratshausen significa, literalmente, «el consejo de la casa de los lobos». En España los pueblos se llaman, por ejemplo, Utrera. En Alemania, el consejo de la casa de los lobos. Y luego nos preguntamos por qué los tenemos a años luz de distancia en muchas cosas.
Hoy hemos estado visitando un monasterio. Por qué un hombre ateo hasta la médula como yo haría casi 60 kilómetros en coche para visitar una abadía benedictina bávara os lo explico al final. Antes os quiero contar un incidente que sucedió ayer y que me ha hecho pensar un poco.
Ayer fuimos a subir una montaña que también está cerca de un lago. Os podría ir diciendo los nombres de todos los sitios, pero son nombres alemanes y se nos alargaría el episodio más de lo necesario. A la cima se accedía con un teleférico y estuvimos caminando por la montaña toda la mañana.
En el momento de bajar tuvimos un pequeño percance. Los responsables del teleférico iban haciendo grupos de unas 20 personas para entrar en la cabina. Cuando nos tocó el turno, a mi mujer, a mi hija y a mí, nos dimos cuenta de que éramos los últimos de ese grupo y que no dejaban pasar a más gente. Eso significaba que mi amigo y su familia se hubieran quedado fuera y tendrían que bajar en la siguiente cabina, unos 6 o 7 minutos después.
Así que le dijimos al señor que coordinaba el tinglado que fueran tirando, que nosotros cogíamos el siguiente. No por nada, simplemente porque queríamos bajar juntos con ellos.
Y el señor nos dijo que no, que teníamos que subir a ese, muy serio, muy alemán. Básicamente nos estaba ordenando, con aquel tono y levantando la voz, que moviéramos nuestros sucios culos españoles y los metiéramos en aquella cabina perfectamente diseñada por los alemanes. Como que el señor elevó la voz, todos los alemanes que ya estaban dentro de la cabina y los de la cola de fuera se quedaron observando la escena, curiosos.
Y por supuesto, con esa actitud déspota, solo consiguió el efecto contrario en mi mujer y en mí. Nos reímos, porque que un conductor de teleférico te dé órdenes hace bastante gracia. Le dijimos muy amablemente que fuera enchufando el aparato, que nosotros nos quedábamos ahí hasta que subiéramos con nuestros amigos, o básicamente hasta que nos saliera de los cojones. Que, por cierto, en alemán es Böhl.
El hombre no se esperaba para nada que le lleváramos la contraria. Lo descolocó enormemente. No dijo nada más, bajó la cabeza, reculó, se metió en la cabina sin insistir y se fue para abajo. Y a todo el mundo que estaba allí, un 95% alemanes, les pasó igual: ningún alemán habría hecho lo que mi mujer y yo hicimos en esa situación. No es que fuera nada del otro mundo, simplemente le dijimos al señor que no queríamos bajar.
Y la razón es porque los alemanes tienen un índice de distancia al poder elevado.
En los años 60, el psicólogo holandés Geert Hofstede trabajaba para el Departamento de Recursos Humanos de IBM. Viajaba por todo el mundo y analizaba en qué manera diferían entre sí las culturas en el entorno de trabajo. Básicamente, lo que quería averiguar IBM era si poner a trabajar a un chino con un americano les hacía ganar más o menos dinero, o si poner a un italiano con un croata. Y así con todas las combinaciones posibles.
Hoy en día las conclusiones a las que llegó Hofstede aún son utilizadas para entender la psicología intercultural. Y una de las principales es la que llamó el índice de distancia al poder: el valor y el respeto que se le da a la autoridad según la cultura de la que seas. Países como Suecia o Dinamarca tienen un índice muy bajo. Países como Colombia, Brasil o muchos países asiáticos tienen un índice altísimo.
Un ejemplo que siempre se pone para entender este índice es el caso de Korean Air. A finales de los 80 y hasta 1998 tuvieron una cantidad de accidentes catastróficos muy por encima de cualquier otra aerolínea: se hablaba de casi el doble de accidentes que la siguiente línea en el ranking. Después de ser estudiada a fondo, se llegó a la conclusión de que la razón principal era precisamente el índice de distancia al poder.
La tripulación y los copilotos de Korean Air tenían tanto respeto al capitán que cuando detectaban un problema, lo comunicaban de manera muy sutil, por miedo a enfrentarse a la autoridad. Utilizaban lo que se llama el discurso mitigado. Por ejemplo, si un copiloto veía fuego en el ala derecha, en vez de decir «capitán, hay fuego en el ala derecha», decía algo así como: «capitán, ¿no tiene usted mucho calor en la parte derecha de su cara?».
Es una exageración, pero por ahí van los tiros. Analizando las cajas negras de los aviones accidentados de Korean Air, vieron que la causa era que la tripulación no había sabido transmitir con claridad suficiente las situaciones de emergencia a los capitanes.
Alemania tiene un índice bastante elevado. No es de los países más altos del mundo, pero lo es. Si tenéis amigos alemanes o habéis convivido con ellos en una fiesta o organizando cualquier cosa, habréis visto que respetan mucho a la persona que está haciendo de líder en ese momento, aunque sea una tontería, aunque sea poner una mesa.
En cambio, los italianos o nosotros no tenemos ningún problema en cuestionar cualquier decisión y liarla lo máximo posible.
Yo ya he explicado alguna vez en este podcast que he tenido muy pocos jefes en mi vida, básicamente porque enseguida monté mi primera empresa. Pero en el último proyecto donde estuve, había un jefe que no era mi jefe directo pero era el capo del lugar: una de las personas más ineptas que he conocido en toda mi vida. Y era un sitio donde se hacían muchas reuniones, símbolo inequívoco de incompetencia.
Ahí observé cómo les costaba a aquellos trabajadores enfrentarse a ese jefe, aunque el hombre no parara de decir una absurdidad detrás de otra. Porque era muy tonto, muy tonto.
Eso sí, en ese caso tal vez no era tan importante el índice de distancia al poder, sino el miedo de esos trabajadores a perder el trabajo. Porque no están las cosas para decirle a tu jefe que es un inútil, y es mucho más sencillo seguirle la corriente y tener más probabilidades de conservar el puesto.
Pero ahora en GuideDoc me encuentro en una situación que también me ha hecho analizar el tema del índice de distancia al poder, sobre todo en las últimas semanas. Desde hace unos 15 días, y esto aún no os lo había explicado, estoy negociando con gente del Departamento Internacional de Documentales de la Warner Bros.
Y la verdad es que impone. Es gente que tiene mucho poder en la industria y que, durante las negociaciones, quiere imponer sus reglas. Para que os hagáis una idea: piden un mínimo garantizado si quiero incluir alguno de sus documentales en GuideDoc. Sabéis que el sistema de GuideDoc está pensado para que de todo el dinero que se genera, el 50% vaya directo para el propietario de los derechos, acorde con las visualizaciones que ha tenido ese documental, y que con el otro 50% se cubran todos los gastos de la plataforma.
Empresas como Warner Bros., y se entiende perfectamente, intentan siempre que plataformas como la nuestra les hagan un avance del dinero, sin saber si su película acabará teniendo éxito dentro de esa plataforma. Entiendo perfectamente su estrategia y tienen el suficiente poder para pedirlo. Pero yo también tengo mi derecho a mantenerme fiel al modelo que he pensado que es justo para esta plataforma.
Ya os explicaré en los próximos capítulos cómo han acabado estas negociaciones con la Warner. Esta semana, precisamente, tengo una reunión con ellos por Skype.
Y con eso os explico por qué he estado en un monasterio. Seguro que muchos ya lo habéis adivinado. En temas de religión, los alemanes también están más avanzados: ellos en los monasterios, aparte de hacer actividades completamente inútiles como rezar, lo compensan haciendo cerveza. Prost.
En el episodio Premium de esta semana Víctor va más a fondo en las decisiones reales que no caben en abierto: cómo negociar con una multinacional cuando tienes mucho menos poder, qué líneas rojas no cruzar y cómo mantener un modelo de negocio justo cuando el otro lado de la mesa puede aplastarte.
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