Al momento del nacimiento de Jesús, la humanidad se encontraba destrozada y ensangrentada, necesitada de una mirada sanadora de Dios. Es
como si la humanidad suplicara: “Oh, Dios, ¿podríamos ver tu rostro?” Al
enviar a su Hijo a este planeta, el Padre envió al gran Maestro en una misión: mostrar su rostro a la humanidad. Desde entonces, hemos tenido el
maravilloso privilegio de contemplar el “conocimiento de la gloria de Dios
en la faz de Jesucristo” (2 Cor. 4:6).