En una habitación cerrada, el miedo se vuelve tangible.
No se ve, pero se huele.
Las sombras avanzan sin prisa, guiadas por ese rastro primitivo que delata a los humanos cuando saben que van a perder.
Disparar no siempre significa defenderse.
Algunas presencias no mueren, solo esperan.
Y cuando el combate ya no tiene sentido, la realidad se reduce a una sola palabra escrita, fría y definitiva.