En la cuaresma de 1654, la víspera de la fiesta franciscana del ángel de la guarda, Sor María tras unos deseos intensos de perfección ve al ángel de su custodia y al de su guarda interior, le dicen que le ayudan en su vida y que lo mejor es que les haga caso a sus consejos: saber dejar de lado las cosas y las personas para unirse mejor a Dios.