El orden social compuesto por patricios, plebeyos, clientes, libertos y esclavos se desglosará en una breve ilustración de cada clase.
Los patricios (en latín patricii, o lo que es lo mismo: hijos de padres, hombres de linaje, que estaban amparados por el dios Júpiter), descendientes de los padres (fundadores) de Roma, los primigenios de las treinta curias primitivas, más conocidos como las antiguas gentes (gens), que solamente tenían la facultad de ser patres (padres de familia en sentido noble), detentaban el poder económico (propiedad). Gozaban de privilegios políticos y religiosos. Poseían servidumbre. Eran los senadores que conformaban el Senado y miembros de la nobleza, la nobleza de sangre (en latín ilustrii o nobiles patricii).
Eran por su condición preeminente opuestos a los plebeyos (en latín plebeii). Pertenecían a la más rancia aristocracia, clase reducida y selecta. Sin embargo, en el Bajo Imperio este título quedaba relegado a cónsules, generales o reyes.
Hasta la aprobación de las leyes Licinio-Sextias (leges Liciniae-Sextiae) habían ocupado la magistratura suprema: el consulado.
El cliente (cliens), cuyo origen es dudoso, puesto que no coincidía con el origen del plebeyo, era un hombre libre (status libertatis), que se hallaba en relación de dependencia con el patrono (patronus), quien le aseguraba, a cambio, su protección.
Las Leyes de las XII Tablas reconocían ya las relaciones de dependencia del cliente con el patrono. El fundamento de esta clientela fue la garantía (fides) que una persona o entidad en condiciones de inferioridad hacía de sí misma a un ciudadano en pleno derecho y más frecuentemente a una gens [primer paso para la manumitio de esclavos que es el nombre que recibía el proceso de liberarlo como esclavo, tras el cual se convertía en un liberto].
Los clientes estaban asociados al culto gentilicio y protegidos por el derecho religioso. El patrón (patronus) que violaba algunas de sus obligaciones con algún cliente quedaba maldito; pero los clientes no tenían derecho político y se encontraban en una situación de dependencia respecto de la gens y de sus gentiles. Debía a su patrón respeto y fidelidad, ciertas prestaciones y asistencia militar (los clientes constituían el grueso de las tropas patricias antes de que la plebe tuviera que cumplir el servicio militar). A cambio de esto, el patrón protegía a sus clientes, los defendía y les podía atribuir a precario cierta extensión de tierras que casi nunca volvía a reclamar. Esta clientela aumentó gracias a elementos nuevos constituidos por los esclavos libertos; a pesar de que éstos continuaban ligados a sus antiguos amos por un obsequio (en latín obsequium [un homenaje]) especial, ambas categorías tendieron a fusionarse rápidamente.
Fuente importante de relaciones individuales de clientela fue la rendición incondicional (en latín deditio), que conducía con frecuencia al anterior ocupante de un terreno (en latín predio). Si quería permanecer en él, debía someterse al patronazgo de la gens que se instala en el territorio. Así obtenía la concesión del terreno en precarium y se reducía a la condición de cliente.
Desde los orígenes de Roma y antes de la formación de la plebe, las gens (gentes) patricias comprendían, además de las diversas familias gentilicias (domus gentiles) reconocidas como descendientes de un antepasado común, las familias clientes, ligadas a ellas por un vínculo jurídico, el ius patronatus.
El cliente podía recibir el sustento diario (sportula) (cestito de comida), que recibía cada mañana, ayudándole a vivir, que se convirtió enseguida en una cantidad de dinero; o la asistencia ante los tribunales. A cambio, debía manifestar respeto a su patrono y ayudarle en su vida política y privada. Mientras existiera este vínculo, el patrón protegía a sus clientes; especialmente frente a los poderes públicos.
Cliente y patrono no podían ser obligados a testimoniar el uno contra el otro.
En la época republicana, la noción de cliente cambió su carácter; aparecieron gentes plebeyas que también tenían sus clientes. La proliferación de familias o individuos poderosos y ambiciosos, que buscaban "tropas", así como la de integrantes menores en busca de apoyo y la de necesitados que trataban de procurarse alguna manera de subsistir, propuso el crecimiento de una nueva clientela. A partir de entonces se trataba de individuos que se "ligaban por una promesa a un patrón" (commendere in fidem) el cual los aceptaba (suspicere in fidem), laxo mucho más laxo que antaño y que podía ser disuelto. Por su parte, estos clientes siempre constituían una corte dispuesta a la adulación, presta a velar por la seguridad del patrono y a ejecutar sus órdenes, encargándose sobre todo de sus intereses políticos y electorales.
La devotio era un acto religioso que por medio de una forma extrema de voto (en latín votum) (o sea, una ofrenda en cumplimiento de una promesa hecha anteriormente) un general romano hacía votos de sacrificar su propia vida y la de sus enemigos en la batalla, para salvar a su ejército y consagrarlas a los dioses ctonicos, a cambio de la victoria.
Al parecer esta clientela militar se establecía con cierto ceremonial en que las partes se ligaban por medio del juramento y el cliente proclamaba al patrono por rey.
A fines de la República y a principios del Imperio la clientela fue esencialmente una condición social de carácter hereditario aceptada por la costumbre y reflejada en las disposiciones legales.
En las provincias, la clientela romana se sobrepuso a formas de vinculaciones sociales prerromanas.
Para que sirva de inciso, en la España primitiva existió una clientela personal de carácter militar, adoptando frecuentemente la forma de devotio ibérica.
En la época imperial, los clientes fueron confundidos con mandaderos o parásitos; se les denominó salutatores, a causa de su obligación de saludar a su patrono por las mañanas, y togati, porque la costumbre les obligaba a llevar toga, en este tiempo en desuso.
Ya en el Bajo Imperio, ante la ruina de los possessores, ocasionada por el aumento de los latifundistas, se desarrollaba una nueva forma de clientela del tipo de encomendación (commendatio).
Una verdadera jerarquía de clientes se estableció progresivamente y alcanzó su mayor amplitud también en el Imperio: cada uno de ellos tendía ser a la vez patrón de una clientela inferior y cliente de personaje superior. Así, el emperador se encontraba en esa pirámide de vínculos personales que descendían hasta los límites más extremos e inferiores del Imperio. Por otra parte, los clientes se hicieron tan numerosos que los patronos se vieron obligados a distinguir entre ellos diversos grados de intimidad: amici (los clientes más próximos), seguían los comites, convivae, familiares, salutares, etc.
De esta manera, el emperador tuvo como clientes directos, en la base de la jerarquía, a los 150.000 proletarios que se beneficiaban de la distribución del trigo (su sportula, en cierto modo), mientras que el otro extremo, sus amici y sus comites (amigos y compañeros) eran los altos personajes del Imperio.
La esclerosis del Bajo Imperio fijó fórmulas y títulos que se transmitieron hasta la Edad Media con un contenido muy distinto. Gran parte del vocabulario feudal (conde, encomienda, etc.) ha surgido de las formas lejanas de la clientela romana.