ROMA
Período republicano (año 509 antes de Cristo o 244 ab urbe condita,
Al año 27 antes de Cristo o 726 ab urbe condita).
Etapa del año 473 antes de Cristo o 280 ab urbe condita,
Al año 470 antes de Cristo o 283 ab urbe condita.
La República oligárquica
De las luchas sociales y la política exterior.
473 antes de Cristo o 280 ab urbe condita.
Son nombrados cónsules Lucio Emilio Mamerco, por 3ª vez, y, en ciertas anales figura Vopisco Julio Julo y en otros Opiter Verginio Tricosto.
Los cónsules del año anterior, Lucio Furio Medulino y Aulo Manlio Vulsón, cesados en sus magistraturas, iban a ser juzgados, encausados por el tribuno de la plebe Cneo Genucio, por no haber cumplido la ley agraria.
Este tribuno de la plebe fomentó con gran energía el reparto de los territorios del Estado mediante la ley agraria entre los plebeyos.
Se comentaba por la ciudad de Roma que la magistratura consular había sido dominada y quebrada por el poder tribunicio, de tal modo que el cónsul debía actuar en todo a la entera disposición del tribuno, simplemente como su mero ayudante.
Si el cónsul relegaba a la plebe a la sumisión del patriciado, debía atenerse a una expulsión o a una condena o a la muerte.
El Senado, reunido secretamente, fuera de la Curia, acordó como único punto irrenunciable la liberación de los ex cónsules por métodos tanto legales como ilegales.
El día del juicio el tribuno de la plebe no se presentó en el Foro, donde la plebe estaba expectante.
El retraso sembró entre la plebe la duda de que el tribuno se había plegado a la causa del Senado y la había abandonado y traicionado.
Se corrió la voz de que Cneo Genucio había sido hallado muerto en su casa, hecho que se sostuvo como un asesinato, materializado por patricios.
Hubo una temerosa desbandada de gente en todas direcciones.
El desconcierto, que causó la muerte del tribuno, alarmó al resto de los tribunos, que percibieron la banalidad de las leyes que podían salvaguardar la legalidad de su entidad.
Los patricios, por otra parte, publicaban que el poder tribunicio debía ser castigado.
Para ocultar el terrible crimen impune, los cónsules gestionaron un alistamiento, al que los tribunos, muy intimidados, no se opusieron.
Los plebeyos maldijeron a los tribunos porque vieron peligrar su libertad y propagaron que el poder tribunicio estaba muerto y enterrado y pensaron que, para resistir al patriciado, debían aprobar otro sistema: el de defenderse a sí mismo.
Un plebeyo, de nombre Publilio Volerón, durante el alistamiento, se negó a ser tratado como un soldado raso, porque había servido como centurión.
Los cónsules enviaron a un lictor, que le maniató y le castigó.
El suplicio no fue suficiente para que cesara en su reivindicación. Apeló a los tribunos, a los que reclamó ayuda y defensa, pero, contrariamente, consiguió, sin embargo, que la multitud le amparase.
Los cónsules trataron de detener la furia de los exaltados, que ya no respetaban derechos públicos o privados, y pronto comprobaron la poca seguridad que infundía su autoridad sin el apoyo de la fuerza.
Los cónsules y sus lictores abandonaron el Foro, acosados, y, cuando la revuelta apaciguó su ímpetu, convocaron al Senado, quejándose del ultraje recibido, de la violencia de la plebe y de la audaz insolencia de Publilio Volerón.
Los senadores de más edad consiguieron que sus opiniones prevalecieran sobre el resto de la Curia, desaprobando que a la intransigencia de la plebe se enfrentase el rencor exacerbado de los patricios.
472 antes de Cristo o 281 ab urbe condita.
Son nombrados cónsules Lucio Pinario Mamercino Rufo y Publio Furio Medulino Fuso.
El viejo centurión, Publilio Volerón, se resistió a ser incorporado a filas como simple soldado por los cónsules, habiendo sido anteriormente centurión.
Levantó al pueblo en rebeldía contra los cónsules y éstos hubieron de desistir en su empeño.
Publilio Volerón, en recompensa por la resistencia del suplicio al que fue sometido, se le eligió tribuno de la plebe por el pueblo.
Usó el poder de su magistratura no para molestar a los cónsules del año anterior, como la opinión general daba por hecho, sino para subordinarse a los intereses del Estado y para no criticar a los cónsules.
Proyecto la ley que otorgaba a las asambleas de las tribus (comitia tributa) la elección de los tribunos.
La disposición restó a los patricios la capacidad de establecer en la magistratura a los tribunos deseados, que sus clientes votaban.
El contraataque contra la norma se materializó induciendo a uno de los restantes tribunos, influenciado bien por los cónsules o bien por los líderes de los patricios, a interponer su veto.
La polémica decisión crispó los ánimos de la plebe, que, durante todo el año, manifestó su decepción.
471 antes de Cristo o 282 ab urbe condita.
Son nombrados cónsules Tito Quincio Capitolino Barbato, y Apio Claudio Craso.
Publilio Volerón fue obsequiado por el favor del pueblo y, en los comicios habidos, fue reeligió como su representante, un tribuno de la plebe.
Los debates acerca de la ley pretendida se prodigaron.
Publilio Volerón fue el primero en presentarla, pero su colega Cayo Letorio, posteriormente, fue, al mismo tiempo, el partidario y el defensor más enérgico de la misma.
Publilio Volerón se ciñó estrictamente a discutir la Ley y se abstuvo de promover cualquier injusticia contra los cónsules.
Cayo Letorio acusó a Apio Claudio Craso y a su familia de haberse servido de la tiranía y la crueldad, desde tiempos inmemoriales, para subyugar a la plebe, y calificó al aludido cónsul de verdugo con el propósito de acosar y torturar a los plebeyos.
Comprometido el día anterior a perecer o a sacar adelante la ley ante la asamblea de las tribus, Cayo Letorio, al día siguiente, observando que los cónsules y la nobleza rodeaba el templo, que ocupaban los tribunos, ordenó que se retirasen todos los ciudadanos, excepto los votantes efectivos.
Como los patricios hicieron caso omiso de las órdenes de Cayo Letorio, mandó que arrestasen a algunos.
El cónsul, Apio Claudio Craso, se opuso a partir del Foro, y comentó que la jurisdicción del los tribunos alcanzaba solo a la plebe y no al resto.
El tono despectivo de tal aclaración sobre la mencionada jurisdicción tribunicia, desconcertó a Cayo Letorio.
Tanto el magistrado tribunicio como el magistrado consular intentaron resolver la situación surgida, enviando, cada uno, uno de sus lictores perteneciente a cada cargo para dirimir la disputa dialéctica.
La confrontación atrajo a multitud de gente, de todas partes de la ciudad, en dirección al Foro.
Cayo Letorio recibió la defensa por parte de la airada plebe, mientras que Apio Claudio Craso desafió inflexiblemente la amenaza.
El cónsul, Tito Quincio Capitolino Barbato, intervino, rogando a los furiosos plebeyos que se serenasen, y suplicó a los tribunos que deshicieran la asamblea, hasta que se apagasen los excitados ímpetus, prometiendo que el Senado se sometería a la autoridad del pueblo y los cónsules a la del Senado.
Apaciguados los plebeyos por la mediación del cónsul, Tito Quincio Capitolino Barbato, y, también, sosegado por la intercesión de los senadores sobre el otro cónsul, Apio Claudio Craso, la asamblea fue disuelta.
Reunido el Senado, los senadores agradecieron al cónsul, Tito Quincio Capitolino Barbato, la posición disuasoria mostrada ante los disturbios y aconsejaron al cónsul, Apio Claudio Craso, que consintiera en limitar la autoridad consular para establecer una armonía común.
Ni tribunos ni cónsules controlaron sus bases para emprender la concordia.
El cónsul, Apio Claudio Craso, y los patricios intentaron de nuevo oponerse a tales ventajas para el pueblo, pero tampoco lograron su objetivo.
Tito Quincio Capitolino Barbato siempre obró con suma moderación y justicia, oponiéndose a la política violenta y poco imparcial de su colega el cónsul, Apio Claudio Craso.
Partido el Estado en dos bandos, el cónsul, Apio Claudio Craso, responsabilizó al Senado de fallarles a los cónsules y de obviar la situación política, que ahora dictaba normas mucho peores que las acontecidas cuando la plebe se retiró al Monte Sacro (Mons Sacer).
El sentimiento unánime del Senado no se hizo partícipe de las conjeturas del cónsul referido y, éste optó por callar.
Una vez aprobada la ley, a pesar de los esfuerzo de los patricios para hacerla fracasar, los tribunos adquirieron una extraordinaria importancia.
Sin duda, toda la legislación de las leyes Publilias (leges Publiliae) no fue más que la consecuencia del ascendiente que iban tomando en los negocios del Estado los elementos plebeyos.
Publilio Volerón y Cayo Letorio reivindicaron para los comicios por tribus no sólo la elección de los tribunos de la plebe, sino también el derecho de deliberar respecto a aquéllos que fueran de interés para los plebeyos (lex Publilia), según los distritos urbanos.
Por una parte, pudieron provocar todas las medidas que le pareciesen útiles y, por otra, pudieron oponerse a toda acción que estimaran inoportuna, y, así, aunque su poder se reducía tan solo al mero ámbito de la ciudad, fueron los ciudadanos más poderosos de la máquina estatal romana.
La elección de los tribunos se hacía bajo la presidencia de un tribuno elegido por suerte.
Entonces, por primera vez, los tribunos fueron elegidos por la Asamblea de las Tribus (comitia tributa).
El número de tribunos de la plebe (tribuni plebis), que hasta ahora era de dos, alcanzó la cifra de cinco, siendo nombrados para el próximo año: Cneo Siccio, Lucio Numitorio, Marco Duelio, Espurio Icilio y Lucio Mecilio.
Estando Roma en plenos disturbios sociales y políticos, estalló la guerra con los volscos y los ecuos, que esperaron una nueva secesión plebeya, que se le decantase a favor para ganar la contienda militar.
Tito Quincio Capitolino Barbato se encargó de los ecuos.
Apio Claudio Craso fue enviado contra los volscos. En campaña, libre de las ataduras tribunicias, mostró el odio hacia la plebe, más intenso que el de su padre, Apio Claudio Sabino Inregilense. Aplicó a su ejército una disciplina implacable.
La tropa le manifestaba su espíritu de oposición y hacía todo de manera superficial, ociosa, descuidada y desafiante, sin sentimiento de vergüenza o miedo.
Cuando obligaba a la columna moverse más rápidamente, machaba más lentamente; si quería acelerar la tarea, holgazaneaba; en su presencia bajaba la mirada y, cuando pasaba ante ella, le maldecía. La valentía que no cedió ante el odio de la plebe fue a veces agitada.
Después de fracasar en la aplicación de sus medidas, cesó de relacionarse con los soldados, a los que tildó de corrompidos por los centuriones y a los que titulaba con sarcasmo tribunos de la plebe y Publilios Volerones.
Nada de esto escapó a la atención de los enemigos, que anhelaban la desafección de los legionarios con su comandante, el cónsul.
Los legionarios se debatían entre vencer y ser vencidos.
Cuando llegó el combate, rompieron filas en una vergonzosa fuga y se dirigieron al campamento, sin ofrecer resistencia alguna, hasta que vieron a los volscos atacar sus trincheras y que en su retaguardia se producía una masacre.
Entonces se vieron obligados a luchar, para poder desalojar al enemigo victorioso del cercado de su campamento.
La postura defensiva evidenciaba que sólo les importaba impedir la captura de su campamento, pero no una ignominiosa derrota.
Apio Claudio Craso, muy furioso, convocó al ejército a una asamblea.
Sus legados y tribunos militares le comunicaron que los legionarios, que pretendían retirarse del territorio volsco, no iban a acudir a la reunión y le advirtieron que no se inmiscuyera en su autoridad, porque ella dependía enteramente de aquellos que libremente quisieran obedecerles
Apio cedió finalmente a sus protestas y renunció a la asamblea.
Cuando el ejército abandonaba el campamento y estaba formando en orden de marcha, los volscos cayeron sobre la retaguardia.
La confusión tanto en la vanguardia como en la retaguardia impidió formar una línea de batalla.
Tras la huida, las tropas dispersas montaron un campamento en territorio no asolado.
El cónsul recriminó a los legionarios la falta de disciplina y el abandono de sus estandartes (la pérdida del estandarte, y más si era por deserción, resultaba la mayor ignominia imaginable para un soldado o ciudadano romano. Le seguía en gravedad el extravío de las armas), y les preguntó por separado, dónde estaban sus estandartes, y dónde estaban sus armas.
Ordenó que azotasen y decapitasen a los soldados que habían arrojado sus armas, a los portaestandartes que habían perdido sus insignias, y, además de éstos, a los centuriones y duplicarios (oficiales que recibían doble paga, solían ser los tenientes de los centuriones) que habían desertado de sus filas.
De cada diez hombres (decimatio), se eligió uno por sorteo para recibir el castigo.
En la campaña contra los ecuos, el cónsul, Tito Quincio Capitolino Barbato, de naturaleza más suave, y conocedor de que, a causa la desafortunada severidad empleada, su colega padecía desasosiegos, esto le hizo más proclive a seguir su inclinación afable.
Los ecuos no se enfrentaron a un ejército en el que reinaba la armonía entre el general y sus hombres. Así permitieron que su enemigo devastase su territorio en todas direcciones.
En ninguna guerra anterior se habían saqueado más territorios que en aquella.
La totalidad de la conquista de los mismos se entregó a los soldados, que recibieron palabras de elogio y estas recompensas materiales, que alegraron su ánimo.
Los soldados de Tito Quincio Capitolino Barbato regresaron a Roma, enorgullecidos, pero informando que mientras el Senado les había dado un padre a ellos, a los otros les había dado un tirano.
El año, que había trascurrido con los distintos azares de la guerra y con las furiosas disensiones, tanto en casa como en el extranjero, fue memorable sobre todo por la Asamblea de las Tribus, que fue más importante por la victoria en sí que por cualesquiera ventaja adquirida.
Porque con la retirada de los patricios de su Consejo, la Asamblea de las Tribus perdió más en dignidad que los privilegios que la plebe hubiese ganado o perdido los patricios.
470 antes de Cristo o 283 ab urbe condita.
Son nombrados cónsules Lucio Valerio Potito Voluso Publícola, por 2ª vez, y Tiberio Emilio Mamerco.
La ley Agraria separaba aún a los plebeyos y a los patricios.
El ex cónsul, Apio Claudio Craso, fue enjuiciado por la acusación de los tribunos Marco Duelio y Cneo Siccio, que se basaban tanto en la oposición a la mencionada ley como en la desaprobación a ocupar la tierras públicas los soldados vencedores de la última guerra, actuando como si ejerciera el consulado, siendo un tercer cónsul.
Los propios patricios aunaron esfuerzos para librar de la condena al que estimaban su campeón por su autoridad y su bastión contra los desórdenes de los tribunos o de la propia plebe, presentado al pueblo como nunca antes había sido nadie tan profundamente odiado.
El mismo Apio Claudio Craso, marcado por la ira de los plebeyos, retó con la mirada a acusadores y a defensores, banalizando el trance al que estaba expuesto.
Cuando le concedieron la palabra para defenderse ante el pueblo no simuló dulcificar ni subyugar la dureza de sus opiniones, a pesar de las intimidaciones de la plebe y de los ruegos de los miembros del Senado.
Sus manifestaciones provocadoras y su carácter infranqueable, de los que hacía siempre gala, desconcertaron a los tribunos y a la plebe, que aplazaron el caso por su propia voluntad y lo dejaron dilatarse, posiblemente, porque quedaron más atemorizados que cuando fue cónsul.
Al poco tiempo, antes de que se reanudase el juicio, murió de enfermedad.
Los tribunos maquinaron obstaculizar la celebración de la oración fúnebre, pero los plebeyos no se opusieron a que rindieran los honores acostumbrados a un hombre tan ilustre.
Hay que resaltar que escucharon el panegírico del muerto con tanta atención como habían oído las acusaciones contra el vivo, y una gran multitud le acompañó hasta la tumba.
En el mismo año, el cónsul, Lucio Valerio Potito Voluso Publícola, marchó con un ejército contra los ecuos, que rehuyeron el combate, refugiándose en su campamento.
El ataque fue abortado por una tormenta, que se consideró un acto de intervención divina, dando lugar a usar el ejército para la devastación del país.
El otro cónsul, Tiberio Emilio Mamerco, guerreó contra los sabinos, que imitaron el comportamiento de los ecuos, y, por ello, también fueron devastados sus campos.
Al ser dispersadas poblaciones numerosas de su país, los sabinos emprendieron la acción, dejando la batalla indecisa.
El cónsul aludido consideró al enemigo derrotado y regresó a Roma, abandonando la guerra.