Roma, Historia Eterna

A045 Roma, Historia Eterna - República XXXI (473 a.u.c.)


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Son nombrados cónsules Publio Valerio Levino y Tiberio Coruncanio.
Es nombrado dictador Cneo Domicio Calvino Máximo.
El cónsul, Publio Valerio Levino, obtuvo como provincia el sur de Italia y la conducción de la guerra contra Pirro, rey de Épiro.
La batalla de Populonia, entre Roma y los etruscos, tuvo lugar cerca del mar Tirreno, donde Roma terminó con los últimos vestigios del poder etrusco en la región.
Los romanos, dirigidos por el dictador Cneo Domicio Calvino Máximo, resultaron victoriosos, y la amenaza etrusca sobre Roma disminuyó de manera brusca después de esta batalla.
Magna Grecia.
Pirro, el aliado tarentino, con un ejército reclutado y equipado con todos los adelantos de la técnica militar helenística, desembarcó en la ciudad de Tarento y asumió el mando supremo.
Sin embargo, el rey epirota no se detuvo en estas medidas militares.
Pirro, a quien la resistencia estaba muy lejos de sorprender, trató a Tarento como ciudad conquistada.
Muchos esta medida la evitaron, huyendo a Roma.
Para prevenir una ola de deserciones más amplia, Pirro colocó guarniciones de soldados epirotas en cada puerta de la ciudad.
Por otra parte, Roma estuvo alerta y los romanos siempre supieron qué clase de combates había que sostener contra este ejército.
Cuatro ejércitos confeccionaron los romanos para contrarrestar el despliegue militar del rey epirota.
Otro ejército, conducido por el cónsul, Tiberio Coruncanio, entró en Etruria y redujo las ciudades etruscas de Volci y Volsinii, para evitar una insurrección de apoyo a Pirro.
Un tercer ejército se situó en Venusia, para tratar de impedir que samnitas y lucanos se unieran al ejército de Pirro.
Y un cuarto ejército, al mando del cónsul, Publio Valerio Levino, se dirigió directamente a Tarento para derrotar a Pirro.
Las fuerzas romanas principales marcharon al sur al mando del cónsul, Publio Valerio Levino.
Hasta este momento se apostó porque las guarniciones, acantonadas en las ciudades de la Magna Grecia (Gran Grecia), fueran un obstáculo a los progresos del rey epirota.
El Senado romano, entonces, envió a la ciudad de Regio (Rhegium) a Decio Iubelio, un tribuno militar, al mando de la 8ª legión, compuesta por naturales de Campania, para defenderla de Pirro. Al mismo tiempo, el grueso del ejército romano, que estaba sobredimensionado, formado por cuatro legiones y cuatro contingentes de auxiliares aliados, casi el doble de un ejército normal consular, contando así con unos cincuenta mil hombres, ya marchó contra Pirro, dirigidos por el cónsul Publio Valerio Levino.
Las legiones auxiliares estuvieron estructuradas de forma similar a las de los romanos, aunque en un número un poco menor, unos 4.000 soldados por legión.
Además, los romanos incorporaron el refuerzo de 2.400 infantes ligeros brucios, procedentes de Campania, 1.200 jinetes romanos y 5.000 jinetes aliados.
También el cónsul romano instaló guarniciones en las ciudades griegas que habían abrazado el partido romano, como Locri y Turios.
Cuando Pirro supo que los romanos estaban amenazando Heraclea, decidió ir a su encuentro sin esperar a los refuerzos de sus aliados.
La respuesta consular fue que los romanos no eligieron a Pirro como árbitro y no le temían como enemigo.
El cónsul, Publio Valerio Levino, y su oponente, Pirro, el rey del Épiro, se asentaron en las orillas opuestas del río Siris, y, mientras que la batalla parecía inminente, un espía epirota fue capturado en las líneas romanas.
El ejército romano sumó 39.200 hombres de infantería y 4.800 jinetes, desplegados del modo siguiente: un ala norte compuesta por 1.200 jinetes italianos del sur de Italia, 1.200 jinetes romanos y, detrás de éstos, 1.200 infantes ligeros apulios; un centro con la 1ª legión romana, la 1ª legión aliada, la 2ª legión romana, la 2ª legión aliada, la 3ª legión romana, la 3ª aliada, la 4ª legión aliada, la 4ª legión romana, y un ala sur con 3.600 jinetes aliados y, detrás, 1.200 infantes ligeros campanos.
El ejército epirota compuesto por 8.000 jinetes, 35.000 infantes, 30 elefantes desdoblado del modo siguiente: un ala norte donde formaron 3.000 jinetes tesalianos y, detrás, 10 elefantes, un centro con 3.000 hipaspistas mandados por Milón, 20.000 falangistas epirotas (molosos, tesprocios, caonios, ambraciotas incluyendo 5.000 soldados macedonios dados por Ptolomeo Cerauno), 5.000 (mercenarios etolios, acamamos y atamanios de Grecia y también itálicos, 6.000 hoplitas tarentinos o “escudos blancos”, y un ala sur con 4.000 jinetes tesalianos y macedonios, 1.000 jinetes tarentinos, 2.000 arqueros, 500 honderos de Rodas y 20 elefantes de guerra con soldados en sus torres.
Pirro, acampado con sus tropas y las de Tarento, entre Pandosia y Heraclea, colonia tarentina, procuró cubrir esta última plaza.
Sin más demora, Pirro se dirigió a enfrentarse a las legiones enemigas establecidas cerca de Heraclea, comenzando la denominada batalla de Heraclea.
Pirro recorrió a caballo las orillas del río Siris para observar las posiciones romanas, estudiando los movimientos de las formaciones enemigas, y quedó impresionado por la excelente organización del campamento y, en general, por el orden y la disciplina del ejército romano.
Los romanos, por su parte, fueron inusualmente agresivos.
El cónsul, Publio Cornelio Levino, mandó su caballería río abajo, alejados de las posiciones epirotas para buscar un vado y cruzar el río.
Acto seguido, la infantería romana comenzó a cruzar el río.
Pirro reunió apresuradamente 3.000 de sus mejores jinetes macedonios y tesalianos, y marchó hacia el río, para tratar de evitar que los romanos lo cruzasen. Pirro dio la orden de salir del campamento para presentar batalla a los romanos.
Por suerte para Pirro, las legiones aliadas de Roma no pudieron desplegarse convenientemente, lo que hubiera permitido a los romanos flanquear a la falange desde ambos flancos.
El rumor de la muerte de Pirro se propagó por el ejército griego, empezó a cundir el desánimo en sus filas.
Para evitar una debacle, Pirro reaccionó con rapidez.
Por segunda vez los griegos creyeron que Pirro había muerto.
Pirro vio que llegó el momento decisivo e introdujo en el campo de batalla a los elefantes, que los envió contra la infantería romana, ayudado por la caballería tesaliana.
Los romanos contemplaron con terror a las enormes bestias.
La infantería romana huyó, permitiendo a los griegos apoderarse del campamento romano. Las pérdidas romanas fueron enormes: el vencedor halló siete mil romanos muertos y heridos en el campo de batalla, y apresó a dos mil prisioneros. Por su parte, no sufrió menos el ejército de Pirro: cuatro mil de sus más bravos soldados y muchos de sus mejores lugartenientes quedaron tendidos en el campo de batalla. Fue mucho más difícil para Pirro reemplazarlos, que para los romanos completar los cuadros de sus milicias.
En el primer combate, tenido cerca de Heraclea, la victoria fue para Pirro, del que hay que resaltar que, con la ayuda de sus elefantes (que fueron vistos por las tropas romanas por primera vez), de la caballería y de la táctica de la falange macedónica, obtuvo una señalada victoria sobre las legiones del cónsul, Publio Valerio Levino.
El cónsul, Publio Valerio Levino, a pesar de que su ejército fue superior en número al del enemigo, terminó derrotado en la batalla de Heraclea, su campamento fue capturado, y solo la noche permitió a los fugitivos poder llegar a una ciudad de Apulia, probablemente Venusia.
La Lucania estuvo perdida para Roma. La primera batalla entre la falange y la legión dio la victoria a la primera, pero Pirro no se llevó a engaño.
Tras la retirada romana, Pirro cabalgó entre los cadáveres del campo de batalla y observó que ningún soldado romano tenía heridas en la espalda. Las pérdidas fueron evaluadas como enormes: 15.000 romanos y 13.000 griegos.
Se dijo que Pirro tras la batalla exclamó: ”Otra victoria como esta y estaremos acabados”, pero otras fuentes citaron: ”Otra victoria como esta y volveré solo a Épiro”.
Pirro pagó muy cara su victoria.
Celebró su victoria con ofrendas de armas de enemigos capturados.
El primer éxito militar de Pirro tuvo consecuencias de largo alcance, no solo en los lucanos, samnitas y brucios, sino también en la ciudad de Locri que, cuando a las afueras apareció el rey epirota, los ciudadanos precipitadamente entregaron la guarnición romana, y Pirro inmediatamente dejó que 200 hombres fueran liberados sin pedir rescate.
Pirro, que estimó la bravura dondequiera que la hallase, trató honrosamente a los valientes soldados de Roma que apresó en las orillas del Siris.
Entonces ofreció la paz a los romanos. Pirro envió a su consejero Cineas a Roma con propuestas de paz, mientras él reunió las fuerzas de sus aliados y marchó lentamente hacia la Italia Central.
Entonces, Pirro envió a su factotem Cineas para tratar una paz con Roma bajo su renuncia al sur de Italia.
Para unir los hechos a las palabras, el enviado de Pirro recibió la orden de salir inmediatamente de la ciudad. Durante las negociaciones, Pirro avanzó hasta la Campania. En respuesta, Pirro prosiguió el avance hacia las citadas ciudades, ralentizando su marcha pero firme sin encontrar al frente digna oposición.
Ningún ejército se le opuso, pero todas las ciudades del Lacio le cerraron sus puertas.
Pirro se dirigió entonces sobre Roma.
El cónsul, Publio Valerio Levino, persiguió a la retaguardia del ejército epirota tanto en su marcha a Roma, como en su retirada con las legiones de Campania, y tan eficazmente restauró el coraje y la disciplina sobre sus legiones, que Pirro no se atrevió a atacarlo.
Para colmo de males, Pirro se enteró de que los romanos habían firmado la paz con los etruscos, a los que impusieron duras condiciones de paz y de que el otro cónsul, Tiberio Coruncanio, se encaminó con un segundo cuerpo de ejército hacia Roma. Se desvaneció toda esperanza de acordar la paz con los romanos, con lo que Pirro decidió retroceder lentamente a Campania.
Los romanos, por entonces, enviaron una embajada a Pirro al frente del oficial romano Cayo Fabricio Luscino.
Pirro intentó comprar al oficial romano tentándole con riquezas y un puesto en su ejército, pero fracasó.
Plutarco comentó que Pirro quedó impresionado por la imposibilidad de sobornar al romano Cayo Fabricio Luscino.
El cónsul, Publio Valerio Levino, no volvió a aparecer en la guerra contra Pirro.
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Roma, Historia EternaBy franzogar