Cuentan que hay historias para guardar, como la de la abuelita que llegó preocupada por la delgadez de su brazo pensando que no tenía carne donde introdujeran la aguja; o el ancianito que no durmió porque le daba vueltas en la cabeza al pinchazo del día siguiente; el que con ochenta años jamás padeció de la presión y justo antes de entrar a la enfermería se descompensó.