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Alas rotas y raíces profundas


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Olivia encontró al pájaro un martes por la mañana, justo antes de ir al colegio. Estaba junto al muro del jardín, medio escondido entre las hojas secas del otoño, con un ala extendida en un ángulo que no parecía natural. Era del tamaño de una paloma pero muy diferente: tenía plumas de color marrón rojizo con manchas negras, un pecho blanco moteado y unos ojos enormes y redondos de color oscuro que la miraban con una mezcla de miedo y fiereza. -¡Mamá! -gritó Olivia sin apartar la vista del animal-. ¡Hay un pájaro herido! Su madre salió al jardín secándose las manos con un trapo. -No lo toques, Oli. Puede picarte. -Tiene el ala rota. No se puede mover. Su madre se acercó con cuidado y examinó al pájaro desde la distancia. -Parece un cernícalo. Es una rapaz. Cazan ratones y lagartijas. A veces los veo volando sobre los campos cuando voy a trabajar. Olivia tenía nueve años, el pelo castaño cortado a la altura de la barbilla y una colección de piedras, plumas y hojas prensadas que guardaba en cajas de zapatos bajo su cama. Le fascinaba todo lo que tenía que ver con la naturaleza, pero siempre lo había observado desde lejos: en documentales, en libros, a través de la ventana del coche. Nunca había tenido un animal salvaje tan cerca. -¿Se va a morir? -preguntó con un nudo en la garganta. -No lo sé, cariño. Necesita un veterinario. -¿Y si lo llevamos al de Bongo? Bongo era el perro de la familia, un labrador viejo y pachón que dormía veinte horas al día. Su veterinaria estaba en el centro del pueblo. -Los veterinarios de mascotas no suelen tratar aves rapaces -dijo su madre-. Pero conozco a alguien que quizá pueda ayudar. Don Ramón, el veterinario jubilado que vive al final de la calle. Trabajó años en un centro de recuperación de fauna salvaje. -¿El señor gruñón de la casa gris? -Ese. Pero no le llames gruñón a la cara. Olivia fue al colegio con el corazón encogido, pensando en el pájaro todo el día. Cuando la profesora explicaba fracciones, Olivia veía alas rotas. Cuando sus amigas hablaban del recreo, Olivia pensaba en ojos oscuros y asustados. Después de clase, fue directa a la casa gris del final de la calle. Era una casa rodeada de un jardín asilvestrado donde los hierbajos crecían a su antojo y los gatos callejeros dormían en el porche como si pagaran alquiler. Un cartel oxidado decía: «R. Ibáñez. Veterinario. Jubilado. No insistir». Olivia insistió. Llamó al timbre tres veces. Don Ramón abrió la puerta con cara de pocos amigos. Era un hombre de unos setenta años, con barba blanca descuidada, cejas pobladas como orugas y unas manos enormes que parecían capaces de arreglar cualquier cosa o de espantar a cualquiera. -¿Qué quieres? -dijo sin preámbulo. -Hay un cernícalo herido en mi jardín. Tiene el ala rota y no se puede mover. ¿Puede ayudarle? Don Ramón la miró durante unos segundos. Después miró hacia la calle. Después suspiró con toda la fuerza de un hombre que lleva años intentando que el mundo lo deje en paz. -Estoy jubilado. -El cartel lo dice. Pero el pájaro no sabe leer. Algo parecido a una sonrisa cruzó la cara de don Ramón, tan rápido que Olivia no estuvo segura de haberla visto. -Trae al pájaro. Pero con guantes y dentro de una caja de cartón con agujeros. No lo envuelvas en tela, que se estresa más. Olivia corrió a casa, preparó una caja con una toalla en el fondo, se puso los guantes de jardinería de su madre y, con muchísimo cuidado, recogió al cernícalo. El pájaro la miró con esos ojos enormes y, para sorpresa de Olivia, no intentó picarla. Estaba demasiado agotado. Lo llevó a casa de don Ramón. El veterinario jubilado había despejado una mesa en lo que parecía ser una consulta en miniatura dentro de su salón: había un flexo encendido, instrumentos veterinarios ordenados y un libro grueso abierto por una página de anatomía de aves.

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