Después de la conversión la vida del creyente debe estar regida por el Espíritu Santo de tal manera que el fruto del Espíritu es distinto de la vida pasada como irredento.
La conversión opera una especie de muerte hacia las cosas de este mundo, al grado de que la personas desprecia todo lo que en el hay, para poder alcanzar mas de lo de Dios. Es de esta manera como se logra ser dirigido por el Espíritu Santo y como se manifiesta el fruto del Espíritu en nuestras vidas.