Los moretones que él pinto en su rostro eran como la obra de un artista
primerizo: sin exactitud, sin idea, pero con toda intención.
Él llegaría cerca de las once, con su máscara de borrachera y frustración,
exigiendo su cena con despotismo, lanzando quejas a la intemperie: una cuchara
sucia, una sopa fría, una silla mal posicionada. Si hallaba un pretexto ingenioso,
seguro la golpearía. Hoy sería la última vez…