La ley de los ciclos se manifiesta en todo lo que nos circunda. Nada más normal que el constante devenir de las estaciones con sus conocidos cambios, y a nadie se le ocurriría definir el invierno como una muerte definitiva, sino apenas como un reposo antes del despertar de la primavera. Un árbol sin hojas no es un árbol muerto; está pasando por un ciclo y se abrirá paso a otro cuando vuelvan a renacer sus hojas, sus flores, sus frutos. El ciclo que va de la semilla a la planta en plenitud, de cuyos frutos vuelven a producirse semillas, nos habla claramente de una energía que circula bajo diferentes formas, pero sin destruirse. La arena que se vuelve piedra, o la piedra que se desmenuza en arena, es otro ejemplo que aceptamos sin más porque no contradice la razón, tal como el agua que se hace nube y la nube que se vuelve a transformar en agua.
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