Este tejido es para Levinas la bondad, el hecho de estar referido a los otros, de ser un absoluto en la relación con los otros. La bondad es la piel última de la subjetividad, una piel de la que no se puede deshacer, y una piel que tiene marcada una directriz, una dirección, una piel que es sensible a la diferencia, de modo que para ella es imposible que una cosa valga lo mismo que su contraria. El sujeto está esencialmente mirando a otro absoluto, es responsable, y esa relación posibilita hasta la libertad misma con la que dicho sujeto podría intentar apartar la mirada del otro.