Mediante el Bautismo el hombre se reconcilia con Dios, que borra de su alma el
pecado original, aunque en su naturaleza permanezcan las secuelas de ese pecado: la
concupiscencia o inclinación al mal.
Es decir, hay dos nacimientos en el hombre: un nacimiento a la vida natural gracias a
la voluntad de Dios, que crea un alma espiritual, y a la voluntad de sus padres; y un
nacimiento a la vida sobrenatural en el Bautismo. Mediante este sacramento, Dios
hace del hombre su hijo adoptivo y le comunica su propia vida: “la gracia
santificante”.
“Mirad qué amor tan grade nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de
Dios, ¡y los somos!” (1 Jn 3, 1).
Al momento de preparar sobre el Altar el pan y el vino “el Diácono u otro ministro,
pasa al sacerdote el copón con el pan que se va a consagrar; vierte el vino y unas
gotas de agua en el cáliz..” El instante en que se echa el agua se acompaña con una
oración que se dice en secreto: “El agua unida al vino sea signo de nuestra
participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición
humana”. (Misal Romano Nº 133).
Y lo explica un Padre de la Iglesia, San Cipriano, a mediados del siglo II, escribió
sobre este gesto litúrgico, lo siguiente: “El sentido simbólico de la mezcla de agua.
Así como el vino absorbe el agua, así Cristo nos ha absorbido en sí mismo a nosotros
y a nuestros pecados. Por esto, cuando el agua cae en el vino, los fieles se unen con
Él, a quien han seguido por la fe; y esta unión es tan fuerte, que nada la puede
deshacer, lo mismo que es imposible separar el agua del vino”.