El derecho humano a la educación es particularmente importante en el entorno carcelario, ya que los reclusos suelen proceder de entornos socioeconómicos y educativos desfavorecidos. La lectura y el uso de una biblioteca penitenciaria puede abrir un mundo más allá de los barrotes de la cárcel, permitiendo a los reclusos olvidar por un tiempo la dura realidad de la vida carcelaria y permitiéndoles elegir sus propios materiales de lectura en un entorno por lo demás sumamente restrictivo y regulado. Una persona por estar encarcelada no renuncia a su derecho a aprender y a tener acceso a la información; por tanto, la biblioteca de prisión debe ofrecer materiales y servicios semejantes a los de las bibliotecas públicas en el mundo “libre”.
Sólo se deben imponer restricciones en el acceso a los materiales de lectura cuando el mismo represente un peligro inminente para la seguridad de la prisión