Mas allá de lo deslumbrante por lo realizada por una joven muchacha del pueblo argentino entre sus 26 y 33 años la impronta dejada en en la psiquis colectiva argentina y mundial fue gigantezca. Tan gigantezca que nadie se atrevió a deshacerse de su cuerpo. EL general Peron no quizo entierro ni cremación, en su lugar pidió preservar el cuerpo. Lo que vino después, realizado por las diferentes dictaduras argentinas, es de libro de ficción. Los cipayos vendepatrias le temían aún después de muerta y nadie se atrevió con ella. EL resumen por el histriado investigador Felipe Pigna.