Decir que conozco a Caballero Bonald es una exageración porque la única relación que tuvimos fue por simple coincidencia geográfica. Tanto él como yo habitábamos la tierra de los argónidas, que queda justo en La Otra Banda; y desde la misma playa mirábamos aquella tierra mágica que él creaba en su mente y que yo, simplemente mirándolo, trataba de adivinar.
De todo lo que amé en días inconstantes
ya sólo van quedando
rastros,
marañas,
conjeturas,
pistas dudosas, vagas informaciones:
por ejemplo, la lluvia en la lucerna
de un cuarto triste de París,
la sombra rosa de los flamboyanes
engalanando a franjas la casa familiar de Camagüey,
aquellos taciturnos rastros de Babilonia
junto a los barrizales suntuosos del Eúfrates,
un arcaico crepúsculo en las islas Galápagos,
los prolijos fantasmas
de un memorable lupanar de Cádiz,
una mañana sin errores
ante la tumba de Ibn´Arabi en un suburbio de Damasco,
el cuerpo de Manuela tendido entre los juncos de Doñana,
aquel café de Bogotá
donde iba a menudo con amigos que han muerto,
la gimiente tirantez del velamen
en la bordada previa a aquel primer naufragio...