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En este tercer episodio de Las desventuras de un copistero, vuelvo a la trinchera diaria de la copistería para hablar de dos enemigos silenciosos pero devastadores: las bebidas sobre el mostrador y las puertas abiertas en pleno verano barcelonés.
Con humor ácido y desde la experiencia del día a día, cuento lo que supone ver entrar a clientes con café, Coca-Cola o cruasán como si la copistería fuera una cafetería, ignorando los carteles que prohíben comida y bebida. El mostrador blanco se convierte así en una zona de alto riesgo, rodeado de documentos importantes, encargos de clientes y el peligro constante de una mancha de café con vocación destructiva.
También hablo del calor de Barcelona y de esa batalla absurda que es intentar mantener el local fresco mientras algunos clientes dejan la puerta abierta de par en par. Entre impresoras, plastificadoras, ordenadores y aire acondicionado trabajando al límite, cerrar la puerta deja de ser una simple norma de educación para convertirse en una cuestión de supervivencia.
Un episodio sobre pequeños gestos, sentido común en peligro de extinción y la épica cotidiana de intentar trabajar sin que el café, el calor o la humanidad en modo ahorro energético me arruinen el día.
By Sam MikelEn este tercer episodio de Las desventuras de un copistero, vuelvo a la trinchera diaria de la copistería para hablar de dos enemigos silenciosos pero devastadores: las bebidas sobre el mostrador y las puertas abiertas en pleno verano barcelonés.
Con humor ácido y desde la experiencia del día a día, cuento lo que supone ver entrar a clientes con café, Coca-Cola o cruasán como si la copistería fuera una cafetería, ignorando los carteles que prohíben comida y bebida. El mostrador blanco se convierte así en una zona de alto riesgo, rodeado de documentos importantes, encargos de clientes y el peligro constante de una mancha de café con vocación destructiva.
También hablo del calor de Barcelona y de esa batalla absurda que es intentar mantener el local fresco mientras algunos clientes dejan la puerta abierta de par en par. Entre impresoras, plastificadoras, ordenadores y aire acondicionado trabajando al límite, cerrar la puerta deja de ser una simple norma de educación para convertirse en una cuestión de supervivencia.
Un episodio sobre pequeños gestos, sentido común en peligro de extinción y la épica cotidiana de intentar trabajar sin que el café, el calor o la humanidad en modo ahorro energético me arruinen el día.