En la noche del nueve de enero de 1992, policías enmascarados entraron disparando en una humilde casa ubicada en el norte de Quito. Su objetivo, capturar a un menor de edad que había sido acusado de ser el cabecilla de toda una banda juvenil de delincuentes, que mantenía en suspenso a toda la ciudad, por la serie de asaltos, robos y asesinatos de taxistas, camioneros y homosexuales.