Te dicen el Hombre del bastón, el Destino, el Mago. Se equivocan. Mirar la luz no te hace sol; saber de dónde sale el conejo, no es hacer magia; sostener algunas riendas del destino no impide que se desboque. Ahí en tu mundo nada transcurre en vano, esa idea te horroriza. Son dos tonos que no suenan bien juntos: azar y destino. Al final, era como si alguien estuviera jugando contigo a que juegas con la gente.