Voz: Manuel López Castilleja
Música: Bach_Concerto n1 in D Minor
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Mi padre me deja pasar los días en la barraca del embarcadero, porque así me distraigo y aprendo un oficio sin darme cuenta. Ahora hay una dueña gorda que grita todo el tiempo, y en cuanto toco una barca, me ve, aunque sea desde el sótano, y me grita que no toque lo que no es mío. Detrás de la barraca están las mesitas y las sillas para los clientes, pero esta dueña ya no deja que la ayuden, y si le llevo un pedido, enseguida le dice al hijo que agarre él los vasos. En la barraca hace mucho que no entro, y todavía más que no voy arriba a mirar el río y las barcas desde la ventana de Ceresa. Acá ya no viene nadie y está listo mi padre si cree que todavía puedo aprender el oficio.
Esta doña Pina no tiene la menor idea de nada: tratan a los clientes como me tratan a mí. No basta con llevar la campera de cuero para manejar un embarcadero, hace falta que la gente venga con ganas y vea por la cara del dueño que le gustan las barcas y el Po y que divertirse es algo bueno. Ceresa sí que era el hombre perfecto: parecía que jugara con todos y pasaba más tiempo arriba de las barcas que los clientes. Cuando estaba Ceresa jamás faltaban las risas, estábamos en malla en el agua, preparábamos el alquitrán, achicábamos el agua de las barcas, y en verano merendábamos con el balde de uvas sobre la mesa, debajo de la parra. Las chicas que paseaban en barca se paraban a bromear en el cobertizo, y había una que quería que Ceresa la acompañase a remontar el Po. Ceresa siempre le decía que no podía dejar solos el embarcadero y la taberna, y que viniese a la mañana temprano antes del amanecer. Un buen día esa estúpida vino, y Ceresa entonces le dijo que si se levantaba a esa hora todos los días se le iba a pasar el dolor de cabeza.
La campera de cuero, que ahora la vieja se pone sobre los hombros cuando llueve, Ceresa la llevaba siempre y me acuerdo que una vez que estábamos en barca y vino un temporal, se la quitó y me la dio para que me cubriera. Debajo iba siempre con el torso desnudo, y me decía que si hacía la vida del Po, de grande tendría sus músculos. Usaba bigotes y de tanto estar al sol era rubio.
El año pasado, por culpa de Nora, algunos dejaron de venir. Nora primero era la sirvienta que llevaba las bebidas a los clientes y de noche se iba; después, el año pasado, por más tarde que me fuera, ella todavía seguía en la barraca, y a la mañana, cuando llegaba, ya la veía mirando desde la ventana. No era una mujer linda, Ceresa nunca lo decía, pero lo decían los jóvenes y los viejos que jugaban a las bochas. Nora se quedaba apoyada en la puerta, sujetándose un codo con la mano, vestida de rojo, y miraba sin hablar. A mí una vez que me senté en los escalones a esperar a Ceresa, me dijo: “¡Estúpido, vete a tu casa!”. Otras veces se reía cuando me sentaba en una barca con los pies en el agua, y si alguien pedía un remo o un almohadón y Ceresa no estaba, me decía que lo fuera a buscar al cobertizo.
A mí enseguida me dio pena que Nora ya no se fuera de la barraca. Pero antes, cuando me acordaba de ella, yo también decía: “Es una linda chica”, y ya no pensaba más en ella; pero si ahora estaba con Ceresa, quería decir que era realmente especial, y me daba pena, porque no entendía qué era.
Comían debajo del cobertizo, juntos; y yo me quedaba un rato, para ayudarlos si volvían barcas, para que no tuvieran que levantarse; y ellos charlaban y cada tanto me decían algo, pero sobre todo se guiñaban los ojos, y si Nora iba a la cocina a buscar un plato, Ceresa se quedaba callado, mirando la puerta. Entre ellos hablaban como no hablaban conmigo; ni siquiera Ceresa, que bromeaba con todos, era el mismo con ella, sino que hablaba en voz baja, golpeando las puntas de los dedos sobre la mesa y mirando hacia arriba, o movía el cierre relámpago de la campera como un abanico y Nora le guiñaba los dos ojos, y miraba el cierre, riéndose.
Se veía que estaban juntos para hacerse compañía, no para casarse, porque Nora nunca usaba un vestido cualquiera de los que se usan en casa, sino que tenía ese vestido rojo, y otro blanco todavía más hermoso, y una vez que terminaba de lavar los platos y de barrer, se quedaba en la puerta o venía a mirar el agua como hacen las chicas que toman las barcas. Cuando Ceresa la buscaba, ella iba caminando despacio y siempre parecía que no tenía nada que hacer. Sin embargo, el día era largo y había tantas cosas para hacer: ella servía en la taberna, lavaba las camisas y encima le quedaba tiempo para fumarse un cigarrillo.
Ahora que Nora era la patrona, Ceresa me decía que un día íbamos a agarrar la barca y yo y él íbamos a pasar el día afuera hasta la noche, remontando el Po más allá del dique. Nora en barca con nosotros no venía, decía que el agua apestaba, y cuando nos íbamos con las redes y la canasta a pescar debajo del puente, miraba desde la ventana riendo. Para pescar, Ceresa se ponía solo la campera y la malla negra bien ajustada, y saltábamos al agua, plantábamos la canasta contra las piedras y, mientras yo sujetaba la barca, Ceresa molestaba a los peces con las manos. Más allá del dique conocía un lago maravilloso del que se volvía con la canasta repleta, y siempre decía que saldríamos temprano por la mañana para volver a la noche. Muchas mañanas llegaba al embarcadero esperando que fuese ese día, pero siempre pasaba algo, o Ceresa tenía que terminar una charla con Nora o calafatear una barca que había empezado la noche anterior, y se postergaba.
Al dique terminé yendo solo. Un día que Ceresa tenía cosas que hacer en Torino, me quedé solo con Nora que lavaba verdura en un balde en el cobertizo. Nora me miraba sin hablar y entonces me aburrí.
Le dije que agarraba la barca y me fui. Me quedé hasta el mediodía en el agua y volví convencido de que ese día no lo iba a ver a Ceresa y que era mejor si me iba a mi casa. Pero Ceresa había vuelto y reía desde la ventana, mientras se ponía la campera, y me llamó desde arriba. Di un paso pero después vi a Nora en la puerta, que me miraba torcido, y no tuve el coraje de entrar para subir. Dije: “Ceresa llama”, y fui hasta el cobertizo a dejar el remo. Nora me miró y después subió ella.
Las mañanas eran el momento más lindo, porque siempre se podía esperar más que por las tardes. Al atardecer tenía que irme porque después de la cena Ceresa y Nora se vestían y se tomaban del brazo: iban a Torino, al cine, a pasear. Antes siempre había alguien y Ceresa hacía que nos divirtiéramos: nunca tenía frío, se quedaba en malla también de noche. Me daba rabia que Nora, que no tomaba nunca sol y que debía ser blanca como la panza de un pescado, lo tutease y que siempre anduviesen del brazo. Habría pagado por saber hablar como ellos.
“Vas a ver cuando me case”, me dijo una mañana Ceresa, “todo va ser como antes”.
Yo le sostenía el alquitrán y tenía ganas de llorar.
No lloraba y miraba la barca, para que no se riera. Estaba atento a que Nora no me escuchase desde la cocina, sin embargo, sabía muy bien que él quería casarse con ella de verdad.
“Yo no me casaría”, dije bajito, “vas a ver que cuando te cases, Nora no se pone más el vestido rojo y empiezan a pelear”.
“¿Qué dijiste con el Zucca ayer mientras jugaban a las bochas?”
Ceresa sabía siempre todo. Pero era el Zucca, el del barco de pesca, el que hablando con otro había dicho que Nora era una mula y que Ceresa no debería casarse con ella. Yo solo había escuchado cuando llevaba los vasos.
“Eres un chico”, dijo Ceresa, “no hables cosas de grandes. Si Nora te dice algo, dímelo a mí”.
Pero Nora no me decía nunca nada importante. A veces me echaba.
Cuando trabajábamos con Ceresa en una barca, ella nos miraba desde la puerta con cara de patrona, y no entendía si me miraba así a mí o a Ceresa. Ahora solo esperaba que volviese a sacar el tema para decirle que Nora era una mujer mala.
Un día después de lo del Zucca, estaba esperando en la barca a que bajara Ceresa, pero Ceresa no venía. Había subido un momento a buscar para fumar, y desde el agua veía la ventana abierta, pero como hacía buen tiempo podían venir clientes y llevarse a Ceresa, y no veía la hora de que bajara. Era una tarde calurosa, y no se oía ni el rumor del agua contra la barca. Después entreveo la espalda de Ceresa en la ventana y oigo que habla hacia la habitación y no se vuelve a decirme nada. Entonces miro al sol, después cierro los ojos y me los aprieto, y veía muchas manchas rojas y verdes, y me aburría. Esperé no sé cuánto, y un determinado momento veo a Ceresa en el cobertizo encendiendo un cigarrillo y preguntándome qué hacíamos. Le mostré el remo y Ceresa hizo un gesto como si le fastidiara, pero saltó a la barca. Dejó que yo lo llevara hasta el puente y estaba sentado sin hablar. Después saltó al agua y pescamos, y cada tanto decía algo de los peces, pero no paraba de fumar y de enderezarse para mirar el agua. Yo le hablaba de la lancha y discutíamos si andaba a nafta, pero él ya no me tomaba en broma como de costumbre, y arrojaba los peces chicos al fondo de la barca diciendo: “Revienten también ustedes”.
Esa noche pasó el Zucca con la barcaza y dijo: “Hola”. “Tú sí que eres listo”, digo yo achicando el agua sobre los pescados, y Ceresa lo mira, después me mira a mí riendo y me pone la mano sobre la cabeza y me la frota.
Sin embargo, con Nora no se había peleado. A las mujeres les gusta armar lío o al menos llorar; las mujeres son distintas de nosotros. Pero con Nora se quedaba callado; apuesto que también a él Nora le decía a veces como a mí: “Qué estúpido eres, vete”, y entonces Ceresa no podía hacer otra cosa que retorcerle la muñeca y rompérsela. Una sola vez que delante de dos clientes le dijo que cosiera el almohadón roto de una barca, Nora agarró el almohadón y lo tiró al agua. Después se encerró arriba y ya no le quería abrir. Yo me puse a servir en las mesitas atrás de la barraca, donde no se habían dado cuenta de nada. Ceresa no me habló durante todo el día y se quedó debajo del cobertizo limando un escálamo y avivaba la fragua solo y agarraba las brasas y las arrojaba con la mano en el Po todavía chirriantes.
Al día siguiente me encuentro con la puerta de madera. Llamo; no hay nadie. Entonces me voy porque no quería que me encontraran los clientes y tener que decir que Ceresa se había peleado. El embarcadero estuvo muerto dos días; después una mañana vagaba por casualidad por la orilla y veo movimiento entre las barcas. Había vuelto Ceresa; había vuelto Nora, que estaba en la ventana y se cambiaba la blusa. Ceresa estaba en ese momento embarcando a dos chicas, de las que se desnudan debajo del cobertizo, y gritan estupideces. Ceresa se reía y sujetaba la barca.
Al atardecer hubo fiesta porque Nora había vuelto. Vinieron cinco o seis, entre barqueros y clientes –el Zucca, Damiano, los soldados– pero parecían más alegres y estuvieron hasta medianoche charlando y bromeando. Todos decían que Nora tenía que bañarse en el río, y decían que al día siguiente se iba a comprar el traje de baño e iba a servir en malla a los jugadores de bochas. Después salió la luna, y el piso de la cancha estaba iluminado como al mediodía; entonces Damiano llevó el vino y se pusieron a jugar. Yo me moría de sueño pero no me quería ir; fue Nora la que se dio cuenta y me dijo: “¿En tu casa no te quieren?” y entonces me volví.
Desde aquel día Nora se volvió más alegre pero con Ceresa siempre estaba lista a contestarle mal, y Ceresa se reía y se encogía de hombros.
A veces me avergonzaba yo por él cuando esa bruja decía pavadas delante de los demás. Se había comprado un traje de baño, uno rojo como aquel vestido, y se lo ponía al mediodía para tomar sol, mientras iba y venía delante del cobertizo, y también se lo dejaba puesto después, hasta que Ceresa la agarraba del brazo y la miraba con los dos ojos bien abiertos. Nora tenía una piel que parecía leche, pero en el Po jamás se bañaba. Cuando venían Damiano o el hijo del Zucca o soldados, se paraba a reír con ellos y a hacerse ver. Yo no entiendo qué encuentran en las mujeres. “Ya vas a ver”, me dijo una vez Ceresa, “que a ti también te van a gustar”. Pero hasta ahora todavía no me pasó.
Después Ceresa se peleó con Damiano. Se peleó un día que yo no estaba, y oí hablar del asunto en la taberna al día siguiente. Se habían agarrado a las trompadas y habían gritado tanto que hasta los oían los maquinistas del tranvía desde la otra orilla. Esa vez miré a escondidas la cara de Nora, a ver si también ella estaba enojada; pero más que enojada me pareció asustada. En cambio, Ceresa no dijo nada y fue conmigo a pescar, y ese día no había un pez ni pagándolo, y él de la rabia agarró la canasta y la golpeó contra la columna del puente. Después se estiró en el fondo de la barca y me dijo que lo llevara a casa.
A esa altura, si él no me decía que había algo para hacer, yo iba de mala gana al embarcadero. Había días que estábamos en el cobertizo sin hablar y a Nora no se la veía por ningún lado. Pero era todavía peor cuando Nora circulaba por la cocina o servía a los clientes, porque entonces yo estaba siempre esperando que dijese algo. Después una vez busco mi barquita –la que me había hecho yo en el banco del cobertizo, cuando Ceresa me dejaba trabajar– y ya no la veo. Ceresa estaba sentado en el suelo contra el palo y le pregunto dónde estaba la barquita; me dice que no sabe. Entonces corro a la cocina y le pregunto a Nora y la oigo decir muy tranquila que la quemó en el fuego.
Ceresa me preguntó ese día por qué no aprendía un oficio. “Pero yo quiero ser barquero”, respondo. “Estás loco”, dice él, “¿no ves qué oficio de porquería? Dile a tu padre que te meta en la fábrica, díselo.
Mejor es que te hagas soldado”. Me dio pena, no por mí que no era nada, sino por él, porque ya no le gustaba el Po. Quería decirle que se casara con Nora, así la mandaría mejor, pero no sabía si no me iba a contestar mal. Me puse de nuevo los pantalones y me volví a casa.
Nora se había dado cuenta de que me había hecho una fea, porque al día siguiente me llamó a la cocina y me hizo hablar. Me preguntó si me gustaba mucho trabajar de barquero y si no tenía miedo de ahogarme. Le respondí que me gustaba porque era el oficio de Ceresa. Después me preguntó si era capaz de llevarla en barca. “Preguntémosle a Ceresa si nos deja ir a ver el dique6. Si mañana hace buen tiempo, vamos.”
Al día siguiente se puso la malla y tomó prestada la campera de Ceresa. Agarramos la cesta de la merienda y ella se sentó sobre los almohadones; Ceresa nos miró partir riendo. Una vez que pasamos el puente, me puse a remar rápido y Nora me preguntó si era lejos. Le expliqué cómo se hacía para empujar el remo, y ella probó: vino cerca de mí y por poco no nos caemos al agua; las mujeres son todas iguales.
Volvió a sentarse y me preguntó si sabía nadar y me dijo que parásemos en la desembocadura del Sangone, donde el agua era tranquila. Até la barca a tierra y, mientras ella miraba, me di un buen chapuzón, y después nadé en el Sangone y le grité que el agua estaba más fría que en el Po. Cuando llegué cerca de la barca y empezaba a hacer pie, vi salir de la orilla a Damiano y a un soldado. Eran amigos, pero al soldado no lo había visto nunca. Entonces se acercaron a la barca y empezaron a hablar con Nora. Yo saludé a Damiano, pero sin darle confianza. Subí solo a la barca y me senté.
Me daba rabia Damiano, porque sabía que remaba mejor que yo y, si Nora le decía que la llevara hasta el dique, iba a quedar como un estúpido.
Pero Damiano y el soldado se sentaron en la orilla y empezaron a bromear. Nora respondía, y después de un rato también ella bajó a tierra y dijo que quería pasear. El soldado le puso la mano sobre el cierre de la campera y dijo riendo: “Hace falta aire”. Era un napolitano.
Me quedé solo en la barca y pensaba que, si Ceresa se enteraba, era el fin del mundo, y entonces volví al agua para que el que pasara no supiese que la barca era de Ceresa. Nora volvió cuando ya estaba anocheciendo y me dijo que no tenía que decir a Ceresa que había visto a Damiano. Eso también yo lo sabía.
Pero al día siguiente buscó de nuevo hacerse llevar –esta vez a los Molinos–, y ese día me perdí de ir al embarcadero. Porque entre Ceresa que insistía y ella que me miraba como hacen las mujeres cuando están furiosas, no podía decir que no. Fui hacia el atardecer y vi que ya se había puesto la pollera pero en vez de la blusa, todavía tenía la campera de cuero. Se notaba que todavía tenía la malla debajo de la pollera. Me miró mal, pero yo estuve con Ceresa.
Eran lindas las mañanas de septiembre, cuando del Po subía la niebla y esperábamos a que el sol de a poco la dispersase. Ahora había siempre algo para hacer en la forja y con el alquitrán, y a Nora temprano no se la veía tanto porque iba al mercado. Ceresa hablaba menos que antes pero me gustaba estar con él porque entendía que estaba desganado y me dejaba hacer lo que quisiese en el cobertizo. Cada tanto él decía algo, y así le hacía compañía.
Finalmente llegó la estación de las uvas, y una tarde arrancamos algunos racimos de la parra que cubría la taberna y merendamos del balde. También estaba Nora y nos reíamos mientras comíamos, los tres juntos. Nora decía que había que estar atentos porque de noche las robaban. Después para mostrar dónde podían esconder las uvas los ladrones, se abrió el cierre relámpago de la campera. Entreví que abajo estaba desnuda, algo blanco y pecoso; no tenía la malla. Cerró enseguida.
Mientras merendábamos, había dos soldados bebiendo cerveza en una mesita, y me parecía que uno era aquel amigo de Damiano que había bromeado con Nora. ¿Pero cómo saberlo? Todos se parecen. Nora cuando les había llevado la cerveza no se había quedado.
Pero después de una hora los volví a ver igual que la otra vez, riendo y hablando con Nora. Ceresa había entrado en la casa. Vi a Nora inclinarse sobre la mesita, y al soldado estirar la mano como aquel día, pero esta vez le bajó el cierre, y Nora inclinada también reía. Me di vuelta recién cuando oí que Ceresa estaba en la puerta. Me llamó y no dijo nada.
Un momento después yo estaba solo en la cancha de bochas, las mesitas estaban vacías, y Nora y Ceresa estaban en la casa. Me quedé a ver si gritaban pero nada se movía. Sólo me daba miedo que llegara un cliente o que volviese una barca y tuviese que llamar a Ceresa. Entre los arbustos estaba calmo y se acercaba la noche; tenía frío. Más allá oía pasar a los pájaros volando bajo. Por la rampa no pasaba ni un solo auto. Parecían estar todos muertos.
Sentí vergüenza, pánico, no sé. Todavía pensaba en aquel blanco de Nora. Parecía que todo gritaba y creí oír que me llamaban. Después se abrió la ventana y Ceresa se asomó y dijo: “Pino, a casa”. Cerró enseguida.
Al día siguiente volví con el corazón en la boca. Pasé por la rampa sin bajar; el embarcadero estaba tranquilo en medio de las plantas. No había nadie. Tenía que hacerle un mandado al Dazio. Pero después del almuerzo me decidí: Ceresa tenía que saber que no era mi culpa. Veo un montón de barcas que iban y venían por el embarcadero; veo a dos de civil quietos al lado de un auto a la entrada del camino. Me doy cuenta de que no se puede pasar, y entonces doy la vuelta por el prado. En el cobertizo todos van y vienen, pero Ceresa no está. Entonces encuentro al hijo del Zucca que me dice que Ceresa estranguló a Nora y la tiró al Po. Quería verlo para contarle de aquel día en el Sangone, pero nos hicieron despejar el lugar a todos los que estábamos y, cuando él salió, sólo se oyó el rumor del auto. Después mi padre me dijo que cuanto menos hablara del asunto mejor era, para mí y para todos.
(Traducido por Jorge Salvetti.)