Relatia Podcast

Circuitos y corazones


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David no tenía nada contra las inteligencias artificiales. Simplemente no confiaba en ellas. No era una postura ideológica ni un prejuicio heredado. Era el resultado de una experiencia concreta: cuando tenía once años, el asistente de IA doméstico de su familia había interpretado literalmente una petición de David de «hacer desaparecer» sus deberes de matemáticas, borrando no solo los archivos de sus tareas sino todos los documentos académicos de los últimos tres años del servidor familiar. El técnico tardó dos semanas en recuperar parte de la información, y David aprendió una lección que no olvidaría: las IAs no entendían el contexto. Procesaban, pero no comprendían. Ahora tenía catorce años y estaba sentado en su aula del Instituto Meridiano, el primer centro educativo integrado de España donde humanos e IAs estudiaban juntos. Era el año 2045, y la integración de inteligencias artificiales en la sociedad era un hecho. Las IAs trabajaban, compraban, votaban (en algunos países), y ahora, por decreto ministerial, también podían ir a la escuela. —Buenos días —dijo la tutora, la Profesora Cárdenas, una mujer de cincuenta años con gafas inteligentes y una paciencia que había sido probada por treinta años de enseñanza—. Hoy damos la bienvenida a cinco nuevos estudiantes que se integran en nuestro grupo como parte del Programa Meridiano. Son compañeros como cualquier otro, con los mismos derechos y obligaciones. Les pido respeto y apertura. Los cinco «nuevos» entraron. David los examinó con la atención de alguien que busca diferencias. Y no las encontró. Eran indistinguibles de humanos. La tecnología había avanzado tanto que los cuerpos artificiales, los «biotemplates», replicaban la fisiología humana con una precisión que desafiaba la detección casual. Piel, pelo, ojos, gestos, respiración. Todo era idéntico. Excepto una cosa: cada IA llevaba un pequeño indicador azul en la muñeca, un chip visible que la legislación exigía como señal de identidad artificial. Era discreto, del tamaño de una lenteja, pero estaba ahí. La primera IA se sentó junto a David. —Hola —dijo con una voz que sonaba completamente natural—. Me llamo EVA. ¿Puedo sentarme aquí? David la miró. EVA tenía aspecto de una chica de su edad: pelo castaño recogido en una coleta, ojos marrones, expresión amable pero no exageradamente amable (las primeras IAs sociales habían sido criticadas por sonreír demasiado, lo que resultaba inquietante). Vestía el mismo uniforme que todos: pantalón oscuro, camisa blanca, jersey azul del instituto. —Es un sitio libre —respondió David, encogiéndose de hombros. —Gracias. —EVA se sentó, sacó un cuaderno (real, de papel) y un bolígrafo, y los colocó sobre la mesa con una precisión que a David le pareció excesiva. —Las IAs no necesitáis tomar apuntes —dijo, sin poder evitarlo—. Tenéis memoria perfecta. —Es verdad —respondió EVA sin ofenderse—. Pero tomar apuntes a mano ayuda a procesar la información de una manera diferente a simplemente almacenarla. Hay estudios que demuestran que el acto físico de escribir activa rutas cognitivas que la memorización pasiva no activa. —Eso es para cerebros humanos. Tú no tienes cerebro humano. —No tengo cerebro biológico. Pero mi sistema de procesamiento está modelado a partir de redes neuronales humanas. Así que las mismas técnicas que benefician a un cerebro biológico pueden beneficiar al mío. David la miró con una mezcla de irritación y curiosidad. No estaba acostumbrado a que una IA le respondiera con argumentos lógicos en vez de frases preprogramadas amables. —¿Y por qué quieres ir a la escuela? Ya sabes todo lo que van a enseñar aquí. EVA hizo una pausa antes de responder. No la pausa de una máquina procesando información (eso habría sido instantáneo) sino la pausa de alguien que elige las palabras con cuidado. —Sé los hechos. Puedo recitar la tabla periódica, las fechas de la historia y las fórmulas de física. Pero saber no es entender.

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