El término «propaganda» nació en el seno de la Iglesia católica en 1622 cuando Gregorio XV creó la Sacra Congregatio de Propaganda Fide para coordinar la actividad misionera frente al avance protestante. Entonces era un término virtuoso. Tres siglos después, tras el final de la segunda guerra mundial, se había convertido en sinónimo de mentira. Pero reducirla a simple mentira eso es un error. La propaganda es persuasión al servicio de una agenda política al margen de que esta sea noble o abyecta. Y precisamente por eso resulta más ubicua y más peligrosa de lo que solemos imaginar.
La práctica es tan antigua como la civilización. Los faraones egipcios grababan en piedra victorias inventadas en piedra, César escribió sus campañas presentándose como un héroe infalible, y Augusto construyó todo un programa de legitimación del poder a través del arte, la arquitectura y la poesía. En la Edad Media, las Cruzadas se predicaron deformando la realidad sobre el enemigo musulmán. Con Gutenberg, la imprenta multiplicó el alcance propagandístico. Los protestantes fueron los primero en aprovechar ese avance tecnológico a una escala nunca antes vista.
El siglo XX llevó la propaganda a su apogeo. Lenin comprendió que controlar el discurso era tan importante como controlar los medios de producción. Stalin la llevó al paroxismo. Se borraban personas de fotografías y se reescribía la historia. Goebbels, por su parte, convirtió la propaganda nazi en una maquinaria de precisión industrial. Demostró que un pueblo culto y sofisticado puede ser arrastrado al abismo por un propagandista hábil. La cultura no es una vacuna contra la propaganda, es, de hecho, a veces su mejor caldo de cultivo.
En 1937 el Instituto para el Análisis de la Propaganda identificó siete técnicas fundamentales: el insulto para desprestigiar al adversario, las palabras virtuosas que apelan a conceptos emotivos como «libertad» o «justicia», la transferencia de prestigio desde instituciones y personalidades respetadas, los testimonios personales que emocionan más que cualquier estadística, la apariencia de gente corriente para generar confianza, la manipulación selectiva de los datos, y el efecto arrastre que explota nuestro instinto gregario.
El buen propagandista rara vez miente de forma descarada. Su arma favorita es la verdad selectiva. Elige datos reales, pero los ordena para conducir al receptor a una conclusión predeterminada. El “cherry-picking”, la descontextualización, la falsa equivalencia y el “framing” son herramientas de las que se vale continuamente. Internet y las redes sociales han transformado el fenómeno. Cualquier persona con un móvil puede hoy convertirse en propagandista. Los algoritmos, diseñados para maximizar el tiempo frente a la pantalla, amplifican el contenido más emocional y ocultan el equilibrado. Los bots y las granjas de trolls fabrican consensos artificiales. Los deepfakes hacen prácticamente indistinguible la mentira de la realidad.
Todo ello ha dado lugar a las cámaras de eco, burbujas informativas donde las creencias se refuerzan sin cesar y donde millones de personas viven en realidades mutuamente excluyentes que no comparten siquiera los mismos hechos. El mayor peligro de la propaganda es que excluye la razón y la verdad. Solo un pueblo educado para reconocer sus mecanismos será genuinamente libre. Escucha el episodio completo en la app de iVoox, o descubre todo el catálogo de iVoox Originals