El romanticismo musical se manifiesta en el momento en el que se rompe la relación de dependencia del músico-lacayo sobre el príncipe.
Los músicos de finales del XVIII se van independizando de la vida cortesana anterior (aunque siguen obteniendo encargos de potentados patronos) y comienzan a ganarse la vida dando recitales en una sociedad más democratizada, que accede y compra sus partituras musicales de editores como los afamados Breitkopf und Härtel.
La imprenta y la demanda de música para el solaz de cada hogar burgués hacen posible el milagro de la gran expansión musical, de las cortes palaciegas a los hogares de las grandes ciudades.
Frente a la obligación de componer para el mecenas que les patrocina, estos músicos comienzan a crear música para sí mismos, por el placer de hacerlo y volcando en sus pentagramas sus sentimientos de amor y desamor por el mundo y las personas que les rodean.