El impulso inspirador del romanticismo parecía venir del pasado, como si se tratase de una resurrección intempestiva del espíritu heroico que la modernidad había declarado caduco y superado y que, al mismo tiempo que su exigencia incondicional de belleza, comportaba un ideal de libertad artística que se instalaría permanentemente en el mundo cultural, impregnando todas sus instituciones. Una parte de las vanguardias históricas, surgidas justamente al amparo de ese espacio excepcional de libertad, construyó un proyecto que, hasta cierto punto, podría considerarse inverso, pero complementario, del romanticismo decimonónico: una suerte de romanticismo invertido que no busca las raíces de un pasado heroico, sino los indicios de un futuro marcado por la superación de la humanidad tal y como ha sido entendida desde la revolución ilustrada.