El hombre de Dios debe vivir en verdad y hablar con claridad. El Pastor tiene el deber de administrar bien los diezmos y las ofrendas. La Iglesia es un cuerpo y no puede haber grupos con preferencias: eso desagrada a Dios. No se debe hacer acepción de personas en la Iglesia, ni en la familia. La vida del Pastor es la de un Misionero, con restricciones: con sencillez y sobriedad.