Cuando Jesús prometió enviarnos “otro Consolador”, el Espíritu Santo, y en su despedida prometernos estar por medio de Él todos los días con nosotros, es claro que no era un simple capricho suyo con la intención de animarnos en nuestra vida de fe a la espera de su regreso. Sabía, como así les había declarado a sus discípulos, que pasaríamos por muchas tribulaciones, las cuales, no podríamos soportar sin ser fortalecidos en medio de estas. De ahí que la iglesia no se conformó sólo que el derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, sino que, a lo largo de su historia, los verdaderos creyentes, apasionados por el evangelio, experimentaron tiempos de renovación espiritual mediante la visitación del Espíritu Santo, fortaleciéndolos en la misión que Jesús les encomendó.
En este tiempo, nosotros también necesitamos esa renovación espiritual, ese refrigerio diario, que nos impulse a crecer, desarrollarnos y avanzar en el propósito al que el Señor nos ha llamado. Para ello, deberemos ser conscientes de nuestra responsabilidad en la parte que nos toca, viviendo diariamente alineados con su persona y voluntad.