A finales de los años ochenta y principios de los noventa, el Perú atravesaba uno de sus periodos más duros: un conflicto armado interno que convirtió el cuerpo de muchas mujeres en territorio de batalla mediante la violencia sexual, a lo que se sumaron un ajuste económico y una ofensiva conservadora que también buscaba controlar sus cuerpos y decisiones. En ese contexto, el movimiento feminista peruano siguió dando pelea por el derecho a decidir.
En la tercera y última parte, las feministas encuentran otra forma de disputar el sentido del aborto, escuchar para acompañar. Recoger testimonios, hacer visibles experiencias que permanecían ocultas y ponerles nombre. Acercarse a las mujeres allí donde estaban y, desde esas experiencias, construir información, servicios y en argumentos para seguir luchando. Porque las razones para abortar son tan diversas como quienes abortan, y ninguna estadística puede contener la complejidad de sus historias.
De esas voces también se fue construyendo una consigna que condensó una historia entera, educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir.