Por Pablo Callejón
Será la tercera vez que iremos a votar en pandemia. A diferencia de las anteriores, fundamentalmente la primera, la normalidad de las calles y la vida cotidiana parecen contradecir la advertencia sobre la vigencia del virus. Alemanes o británicos cuentan en estos días por decenas de miles los contagios de una cuarta ola. Las vacunas lograron reducir internaciones y muertes, pero aún es posible el contagio. La Argentina ha superado los niveles de vacunación de los países europeos y la variante Delta se expresa como una preocupación marginal por la baja cantidad de afectados. Avanza la inoculación pediátrica y en adolescentes, mientras comienzan a multiplicarse los turnos para una dosis de refuerzo. Sería el mejor escenario preventivo ante la eventualidad de una nueva ola de casos. Nadie supone volver a resistir en cuarentena, con el distanciamiento social de los que más queremos o sometidos al temor de arriesgarnos a ir a trabajar y volver contagiados por Covid. Sin embargo, la memoria reciente por lo vivido impacta fuertemente en las decisiones de las personas. Hay un enojo con quienes debieron decidir cómo enfrentar la enfermedad. Nadie tenía un manual, ni siquiera en los países con niveles más avanzados en estructuras sanitarias y solvencia económica. Pero allí también, el votante responsabilizó a sus autoridades. Perdió Trump en los Estados Unidos, Piñera se vio obligado a cambiar la Constitución en Chile, un desconocido ganó en Perú, cayó el régimen de facto en Bolivia y hubo votos castigos en España y Brasil. No todas las elecciones dejaron las mismas lecciones ni se definieron por únicas razones, pero quedó en evidencia el costo de haber vivido en pandemia.