En nuestra consagración a la Santísima Virgen le ofrecemos a Ella nuestros méritos, no para que los comunique o pase a otros, pues los méritos no son comunicables ni traspasables a otras personas (Él único que ha hecho pasar sus méritos a los demás es Jesucristo), sino a fin de que la Virgen María los conserve como depositaria; y le ofrecemos también el valor satisfactorio e impetratorio de nuestras buenas obras, dándoselos en propiedad para que ella disponga de ello según le parezca mejor, o los comunique a otras almas.