La expresión de que el Espíritu Santo es “el gran desconocido” de la vida cristiana, se ha hecho popular. Pero quizá no se han reflexionado seriamente las consecuencias de esto. Olvidar al Espíritu no es simplemente olvidar un tema más o menos marginal, o más o menos interesante, sino algo así como olvidar la esencia del ser cristiano. La Iglesia siempre ha invocado al Espíritu Santo, porque el mismo Señor nos dijo que lo hiciéramos, prometiendo que el Padre: “dará el Espíritu Santo a quien se lo pida” (Lc 11,13). Para nosotros, en el siglo XXI, es muy fácil decir esto. Nosotros, acostumbrados a los medios de comunicación, podemos llamar a una persona cuando queramos, sin importar la distancia que nos separe de ellos; pero cuando Jesús dijo estas palabras, no existían los modernos medios de comunicación. Sólo se podía llamar a quien estuviera lo suficientemente cerca para que nos pudiera escuchar. Lo que el Señor está diciendo, entonces, es que podemos invocar el Espíritu Santo porque Él siempre está cerca de nosotros.