Josafat, rey de Judá, estaba en una situación igualmente crítica. Él era un rey temeroso de Dios que se encontró a sí mismo rodeado por un ejército enemigo. La aniquilación era segura si el Señor no intervenía. La Escritura registra: “Josafat humilló su rostro para consultar a Jehová, e hizo pregonar ayuno a todo Judá. Y se reunieron los de Judá para pedir socorro a Jehová… Y todo Judá estaba en pie delante de Jehová, con sus niños y sus mujeres y sus hijos” (2 Crónicas 20:3-4,13).
Todo Judá ayunó, hasta las mujeres y los niños. Ellos necesitaban desesperadamente conocer el plan del Señor par derrotar a aquel poderoso ejército enemigo. En medio de esa asamblea de personas que ayunaban, Dios habló a su pueblo por medio de un profeta, quien los alentó al decir: “No temáis ni os amedrentéis delante de esta multitud tan grande, porque no es vuestra la guerra, sino de Dios… No habrá para qué peleéis vosotros en este caso; paraos, estad quietos, y ved la salvación de Jehová con vosotros. Oh Judá y Jerusalén, no temáis ni desmayéis; salid mañana contra ellos, porque Jehová estará con vosotros” (vv. 15, 17).
En medio de toda la asamblea, Dios le dijo a Judá exactamente cómo se aproximaría ese ejército enemigo y exactamente lo que ellos debían hacer como respuesta. Ellos dieron una tremenda alabanza al Señor, y Él envió emboscadas contra el ejército enemigo y los derrotó. Nadie escapó. Cuando el pueblo de Judá llegó, ¡necesitó tres días completos para llevarse el botín!
¿Quiere que Dios le diga lo que usted tiene que hacer en este momento de su vida? Ayune, adórelo y búsquelo. ¡Esté quieto y vea la salvación del Señor! Ellos ni siquiera tuvieron que pelear. Dios peleó por ellos. La batalla tomó un día, y Dios no solo los liberó, sino que también los prosperó. ¡Ellos necesitaron tres días para llevarse toda la abundancia! ¡Yo estoy preparado para algunas de esas victorias en las que se necesita más tiempo para llevarse la victoria a casa de que se necesitó para pelear la batalla!