El confinamiento nos ha dejado espacio para miles de historias en el disco duro de nuestra experiencia vital. Pequeños trazos de vida se han colado en nuestro día a día para regalarnos historias cargadas de verdad, de esa verdad que nos llega al alma como un dardo incendiado.
Como por ejemplo, la historia de Hermann, un alemán de ochenta años, que ha vivido el confiamiento creyendo que el aplauso diario a los sanitarios era para él.