El autor critica el dualismo cartesiano y el reduccionismo neurobiológico, favoreciendo la perspectiva de John Locke sobre la conciencia como un conocimiento socialmente compartido y responsable. Además, se examina la idea de que los sistemas simbólicos (como el lenguaje, la música y las estructuras culturales) funcionan como prótesis que compensan las limitaciones intrínsecas del cerebro. Finalmente, la obra aborda cómo el juego y las estructuras culturales cotidianas (parentesco, vestido, cocina) son manifestaciones esenciales de este exocerebro, sugiriendo que la libertad no es una ilusión, sino una propiedad que emerge de esta interconexión compleja y necesaria entre lo neuronal y lo cultural.