La idea de que la vida nos pertenece viene de muy atrás, procedente de una ideología primitiva y fanáticamente centrada en el hombre como dueño absoluto de todo cuanto le rodea. Por eso, termina por no ser tan evidente el deformado sentido de propiedad que marca nuestra educación, iniciado desde la infancia con el pollito de la piñata descuartizado porque el niño quería ver cómo funcionaba.