Los dirigentes obreros, se quiera o no, ejercen una función de liderazgo, ejemplo o cerebro del movimiento revolucionario. Es una función orgánica, independiente de su voluntad de no convertirse en dirigentes. Es un hecho antropológico.
Durruti fue un revolucionario más entre otros muchos miles. La deriva contrarrevolucionaria de la insurrección victoriosa de julio de 1936 divinizó y santificó a Durruti, convirtiéndolo en un semidiós. Esa divinización se produjo en el primer aniversario de su muerte. Fue la segunda muerte de Durruti: su necesaria conversión en el paladín de la sagrada unidad antifascista de anarquistas estalinistas y nacionalistas. Bastó con convertir un eslogan de Ilya Ehremburg en LA GRAN Y ÚNICA FRASE DE DURRUTI: “Renunciamos a todo menos a la victoria”.
A Durruti lo convirtieron en dios para asestar a la revolución de los comités un golpe de muerte. El mito Durruti sirvió y sirve para ocultar la realidad y el protagonismo imprescindible de la organización revolucionaria de los comités de defensa de la CNT. Y ese Dios sacrificó a los comités en el altar de la unidad antifascista, porque los comités eran la revolución. El culto a la personalidad es impropio y ajeno a los principios ácratas. Por Agustín Guillsmón