En una época en la que las operaciones quirúrgicas eran un riesgo constante, y la muerte acechaba no solo por la enfermedad que llevaba a los pacientes al quirófano, sino también por las infecciones que proliferaban en condiciones insalubres durante el postoperatorio, los cirujanos, equipados con batas y herramientas rudimentarias, se enfrentaban a un enemigo invisible y temido, aunque desconocido en cuanto a cómo combatirlo. En medio de este contexto se destacaba Joseph Lister, un médico británico cuya visión se guiaba por la ciencia y la razón. Con su cabello castaño peinado hacia atrás y una mirada profunda y decidida, Lister no era un cirujano común; su obsesión por la higiene y la asepsia lo llevó a desafiar las prácticas establecidas de su tiempo.