Por eso no es irracional, pero tampoco es previsible. El reino de lo gratuito permite una extraña seguridad: puedo confiar en el otro de un modo absoluto, pero no puedo estar seguro de lo que él va a hacer en concreto. Sólo sé que actuará desde sí mismo, que lo que haga se justificará por sí mismo, que será valioso en sí. Pero su acción no está previamente programada. Por eso no es posible conocerla con anterioridad, sólo cabe esperarla. Lo gratuito tiene así todas las características del futuro histórico: no es objeto de conocimiento, sino de esperanza.