El Arquitecto no mata por odio, sino por una necesidad patológica de orden. Considera que la vida humana es "ruidosa" y "desordenada", por lo que utiliza técnicas de taxidermia, arquitectura y calcificación química para transformar a sus víctimas en estatuas e instalaciones artísticas inmutables. El conflicto real reside en la mente de Thorne, quien empieza a ser "infectado" por la misma necesidad de simetría de su presa.