Una sonrisa que desarma, unos ojos que son universos, y una presencia que tortura dulcemente entre el deseo y la incertidumbre. El no necesita cadenas ni palabras para atraparme; cada gesto suyo es un golpe certero al alma, una dulce agonía que prefiero sufrir antes que renunciar a sentir. Es el maestro de un arte cruel y hermoso: convertir el amor y la ausencia en una herida deliciosa, en una prisión de sueños y suspiros que no quiero abandonar.