Dios su Amor no tiene límites. Por eso hoy, cuando concluimos el
Tiempo de Navidad no es un punto y final, sino una continuación
porque lo hacemos con la Celebración del Bautismo del Señor.
Cuando Jesús culmina su Vida Oculta, a los treinta años, marcha al
Jordán donde será bautizado por Juan Bautista.
El Precursor no
quiere echarle agua sobre su Cabeza porque reconoce que el Señor le
tiene que bautizar a él, a lo que el Maestro le responde “que se
cumpla toda Justicia”. Entonces este bautismo es preparación para
la Venida del Mesías y su Salvación sobre el género humano.
Dicho
signo también es prefiguración del Bautismo Sacramental que instituyó
Cristo antes de subir a los Cielos, y que tendrá el poder de borrar
el pecado original, devolviéndonos la Gracia para ser hijos de Dios
y miembros de la Iglesia. Pero no va más allá esta señal.
Por este
motivo Jesús se hace bautizar para presentarse al Pueblo Elegido,
pero no porque tenga pecado ni necesite conversión. El origen de la
Fiesta nos lleva a los principios de la Vida de la Iglesia cuando no
había tantas celebraciones como en la actualidad.
Todo se unificaba
con la Epifanía que era la Manifestación de Dios a los hombres. En
ella se incluía el Día de Reyes, además del Bautismo, porque era
su Manifestación como el Cristo Adulto; y las Bodas de Caná, donde
manifestaba su Poder con el primer Milagro de convertir el agua en
vino.
Después de la Edad Media se le otorgó una consistencia propia
quitándola del 6 de enero, hasta que el Concilio Vaticano II, la
puso el Domingo siguiente a Reyes y donde los Reyes son el domingo,
se fijó el lunes posterior.