El creyente no debe dar a nadie ocasión de tropiezo; para que nadie en verdad, lo acuse o hable mal de su conducta. Un Ministro de Dios es un hombre intachable, pasa tribulaciones; pero sus necesidades personales se las comunica a Dios. Cuando se hace la Obra de Dios predicando su Palabra; se levantan los peores enemigos del Evangelio: los religiosos, que atacan de muchas maneras.